Viernes, 21 Julio, 2017

All the world’s a stage


Foto: S. Martínez / EFE

Foto: S. Martínez / EFE

All the world’s a stage,
And all the men and women merely players.

La prima donna goza su aria ante un público pendiente de sus labios. Como antes. Como siempre quiso. No importa que los ojos que se ahora se clavan en su espalda y las cámaras que ahora se amontonan bajo sus narices deseen que se pudra entre barrotes. Ahora son suyos, esperando que estalle la justicia, como antes lo fueron bajo su yugo.

His acts being seven ages. At first, the infant,
Mewling and puking in the nurse’s arms.

Los bebés son los primeros. Los bebés, que no sabía ni que existían hasta hace un año, que no cuentan, ni ganan, ni votan, que no explican ni recuerdan. Carne de mi carne, hijos de todas las madres, y a veces aun dentro de ellas ya son los primeros: en Siria, en Cleveland, en Corea del Norte, en Guatemala. Son vida y punto, por eso el odio comienza con ellos.

And then the whining school-boy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school.

De pequeña tenía una fantasía que me consolaba: el mundo era un escenario y el horror no era sino un decorado macabro, historias de terror imaginadas en el cuarto de un guionista, espantado de su oscura imaginación. El nazismo, los gulags, los zulos o las torturas serían cuentos de viejas para mantenernos a raya, pero – ¡evidentemente! – demasiado terribles para ocurrir de verdad. Aún lo sigo deseando.

                                  (…) And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress’ eyebrow.

Deseamos serlo todo para alguien: eso vengo a decir con tanto verso. Ésa es nuestra enfermedad: querer ser el horizonte de uno, de muchos, de todos, y ser adorados con el arrobo – cansino, es verdad, a la larga – del enamorado al uso. Eso pensaba viendo a Quique González hace tres días, mientras miraba a los ojos a todo el público de La Riviera a la vez. Durante un rato nos tuvo a todos. Luego, al saludarle después del concierto, volvía a ser un hombre simpático, tímido, amable. Así que uno, pensé, se sube al escenario para seducir de cien en cien, lo que tardó años [SPOILER!] en conseguir Sixto Rodríguez, un Romeo insistente y tardío, haciendo tiempo durante décadas bajo el balcón. Quien no tiene guitarra enamora de uno en uno, con paciencia, artesanía y la amenaza del no siempre detrás de sus labios.

No hay un sí más libre ni un dominio más ruin, precisamente por eso, que el imponer la entrega pistola en mano. Ser el único horizonte de aquél a quien has tapiado las ventanas. Ser, por ejemplo, Ariel Castro.

                                                  (…) Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,

Jealous in honour, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation.

Por ejemplo, ser Ríos Montt cuando las cámaras estaban aún a sus órdenes, con sus generales como pequeños dioses sanguinarios. Ariel dominó a tres mujeres como Efraín dominó a su pueblo, al que secuestró vestido de camuflaje para después desangrarlo ixil a ixil; para violarlo, es decir, ser dictador; para serlo todo para su pueblo, lo quisieran o no.

                            (…) And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;

Sólo que esta vez la justicia no llevaba barba, sino que se llama Jazmín y lloró al terminar de leer la sentencia, rosario de horrores. Su voz aguda se quebraba al ordenar a los abogados volver a la sala pero su martillo, después de larga espera, pudo por fin clavar su sentencia en la Historia. Ochenta años más sus ochentaysiete tendrá Efraín Ríos Montt para renunciar a dominar a nadie más que a sí mismo, le llegará si tiene suerte la lucidez entre rejas, en la séptima edad: sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.

(All the World’s a Stage. William Shakespeare, As You Like It, II, vii, 138–9)

Guadalupe de la Vallina

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