sábado, 21 octubre, 2017

La nublada visión economicista


manifestacion_mayoHubo una España, después de la Guerra Civil, de tenacidad y sacrificio, en la que un empresario prefería dejar de comer antes de que dejasen de comer sus empleados. Eso cuentan nuestros abuelos. Salieron de la adversidad más absoluta y fueron capaces no solo de levantar un país asolado sino de colocarlo al mismo nivel que el resto de Europa.

El esfuerzo tenía premio. El trabajo era para toda la vida. Las empresas, aún con sus clases y con su socio capitalista, había sabido tomar lo mejor de la Doctrina Social de la Iglesia y se vivieron importantes avances en el terreno de la legislación laboral. El que entraba en un banco de botones, se jubilaba en el banco de botones con toda una vida de servicio. Y alguno había, los menos, es verdad, que llegaban a director general.

Ahora, en medio de una crisis económica grave y prolongada, con más de seis millones de parados en España, miramos atrás para ver qué ha pasado, dónde está la diferencia. Y la respuesta viene de Roma, en un 1 de mayo, Día Internacional del Trabajo, en el que no ha habido demasiadas algaradas callejeras sino demasiada depresión contagiosa. El papa Francisco da la clave: “Pienso en cuántos están parados, muchas veces a causa de una concepción economicista de la sociedad que busca el beneficio egoísta mas allá de los parámetros de la justicia social”, dijo y añadió “os invito a la solidaridad y por tanto, a no perder la esperanza”.

carpinteroConcepción economicista, solidaridad y esperanza. Son las tres claves en las que ha hablado el papa, tres sencillas pistas que nos dan cuenta del camino para salir. Pero borrar esa concepción economicista no será tarea fácil. Generaciones enteras de economistas, desde la escuela keynesiana hasta los modernos neocon y toda la gama de liberales, tienen una visión economicista de la realidad en la que, incluso aunque se tenga en cuenta al trabajador en su plena dignidad, siempre se expresa en su versión monetarizada: costes laborales, inversión en formación, rendimiento del trabajo…

No pide el papa ni la sana cordura que el que se mete a empresario no evalúe con científicos criterios económicos la realidad que tiene que abordar. Pero sí pide que toda decisión tenga en cuenta a la persona ante todo, y eso implica también sobre los desorbitados beneficios empresariales, mal repartidos entre unos cuantos, que han roto el principio de solidaridad y han reducido a cenizas las esperanzas de miles de hombres, seis millones en España a estas alturas.

Pero como una vez fue posible pensar en una economía que crecía, en la que las personas tenían su espacio y los derechos avanzaban -gracias, en tantas ocasiones, al esfuerzo nunca suficientemente reconocido de la Iglesia-, sabemos que es posible alcanzar esa economía en la que la solidaridad alimente la esperanza y el criterio económico no se vea nublado por el exceso economicista. Si se pudo, se puede.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

Deja un comentario