Jueves, 17 Agosto, 2017

La ejemplaridad y la excelencia

La ejemplaridad y la excelencia

Cuando matamos a la ejemplaridad y no consideramos que hay comportamientos mejores y hasta la excelencia nos condenamos a vivir no en la mediocridad, sino a la deriva hacia la indecencia.

La ejemplaridad y la excelencia




Al igualitarismo y al relativismo sobre lo que es bueno y es mejor, o lo que es verdad y lo que es más verdadero, ayuda mucho ese pecado tan feo de la envidia para ocultar los buenos y los mejores ejemplos


No hace muchos años, educar implicaba poner buenos ejemplos, primero con el comportamiento de uno –los padres y maestros-, y luego, en general, ofreciendo como modelos a personas y situaciones concretas

vidasdesantosLa educación en y para la ejemplaridad parece algo hoy superado con muy malas consecuencias. Me explico. No hace muchos años, educar a los niños y a los jóvenes implicaba ponerles buenos ejemplos, primero con el comportamiento de uno –sus padres y maestros-, y luego, en general, ofreciéndoles como modelos a personas y situaciones concretas donde mirarse y aprender, a quienes admirar y emular.

Esas vidas de santos que hoy a veces tan mal se entienden suponían, entre otras cosas, eso. Como ocurría con muchas obras de ficción,  con las grandes historias o con muchos cuentos donde había héroes, del mismo modo que villanos o gente corriente que en un determinado momento podía comportarse muy bien, muy mal o a medias. Pero se reconocía la diferencia y se aprendía a admirar lo bueno y lo excelente. Existía Dios en medio de todo esto, por supuesto, pero incluso desde un pensamiento no religioso los buenos ejemplos estaban presentes porque formaban parte de una educación cívica decente.

Más allá de la educación, la ejemplaridad se tenía además socialmente como un valor, y en algunos casos una exigencia.  Había que comportarse en público al menos de una determinada manera acorde a la posición o al puesto que se tuviera. Tenían que ser ejemplares los padres y los maestros, era evidente, pero también debían de serlo los jefes o hasta los hermanos mayores, o los estudiantes de más edad frente a los que tenían menos. Los reyes tenían que ser ejemplares, los ministros, los sacerdotes, religiosos, etc. Pero… ¿lo eran? Por supuesto que no siempre. Y es cierto que puede achacarse algo de hipocresía a esa visión de la ejemplaridad a veces como simple apariencia, y que a menudo podía haber poca coherencia –cuando solo era de puertas para fuera-. Pero tengo la sensación de que no tanta como creemos o nos hacen creer actualmente.

¿Qué ha podido pasar para que lo ejemplar haya desaparecido de escena? Un conjunto de factores diversos. Yo creo que se ha desencajado la idea original y buena de igualdad entre los seres humanos. Se ha sacado de madre, de contexto. Y así pensamos no que somos iguales ante la ley (que deberíamos serlo),  o ante Dios (somos todos hijos de Él), sino que al final todo comportamiento es igualmente respetable o digno. La desaparición de la idea de pecado y de virtud tiene que ver con esto. Pero hay más: a diferencia de nuestros ancestros, ocupar un determinado puesto o posición, exponerse a la luz pública, no parece obligar a comportarse ejemplarmente.

Esta idea impregna hoy a la sociedad, y por eso tenemos 14 ediciones de Gran Hermano y a mostrencos y brutos que ocupan las portadas y el tiempo de la audiencia. También, por esa misma razón, los partidos políticos y los candidatos que encabezan las listas en nuestro país no son a menudo los mejores ejemplos, sino a menudo mediocres, personas que no sean excelentes o al menos que no lo parezcan. Elegimos a menudo así a quienes nos gobiernan entre quienes menos admiración nos despiertan. Así no resultan molestos.

Porque ese es el tercer embiste. Al igualitarismo y al relativismo sobre lo que es bueno y es mejor, o lo que es verdad o lo que es más verdadero, ayuda mucho ese pecado tan feo de la envidia para ocultar los buenos y los mejores ejemplos, las personas excelentes en algún aspecto. Hay que minimizarlos o ridiculizarlos como sea.

La ejemplaridad tiene mucho que ver con la situación que cada uno tiene en la vida. Y así no es lo mismo que un profesor hable como un carretero delante de sus alumnos, o que una madre muestre dejadez y pereza, o que un periodista o un político utilice un lenguaje violento, o que un magistrado o un político apoye la ilegalidad públicamente: precisamente por su posición o su puesto hay gestos y actitudes que son más perniciosas que si los hiciera un tercero que no ocupa dicho puesto.

Al final, lo que está detrás del “todos son iguales” con que se espeta a la clase política entera como una queja, o ese horroroso “todo el mundo tiene un precio” es precisamente la coartada perfecta para que el individuo crea que siendo todo y todos un desastre él no puede ser menos. Y esta es la idea de fondo que permea gran parte del discurso moderno.

Cuando matamos a la ejemplaridad y no consideramos que hay comportamientos mejores y hasta la excelencia nos condenamos a vivir no en la mediocridad, sino a la deriva hacia la indecencia.

Creo que hay que volver a contar con buenos ejemplos. A exigir también que en la vida pública se mantenga un nivel de decencia, pero también externo de formas y modales, así como un exquisito respeto a las leyes. Y mucho más precisamente entre aquellos que hacen cabeza. No podemos templar gaitas con esto. Y en segundo lugar, no creo que nos dañe a la autoestima, en la que tanto nos han insistido los últimos años,  el reconocer que hay buenos, mejores y excelentes personas y comportamientos, el tenerlos muy presentes.

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. Estoy totalmente de acuerdo. Parece que decir que alguien es respetable e incluso ejemplar provoca una pérdida de autoestima en el conjunto de las personas. Prefieren camuflarse entre la masa para no descubrir quién soy ni cuál es mi misión en la vida. En definitiva, mediocridad, relativismo imperante y mucha falta de amor. Menos mal que Dios nos ama…

  2. Sí, Eugenio, el otro día me decía un chico que en el cole si sacas buenas notas te miran mal los compañeros, así estamos.
    Gracias, “A mí, háblame en cristiano” por la reproducción, un saludo cordial.

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