martes, 17 octubre, 2017

La EPA, el optimismo y nuestra abuela


filaparoSin sorpresas en esa cifra maldita que representa la Encuesta de Población Activa, e dato del paro que después computa Bruselas para hacer nuestra radiografía particular, ese porcentaje mucho más cercano a la realidad que el valor total de parados que suministra el Inem, y que ya no incluye a los que han desistido de seguir buscando o a los que no se han planteado empezar.

La EPA está cayendo como una losa inmisericorde desde aquellos lejanos días en los que el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero jugaba al Tabú parlamentario con tal de evitar pronunciar la temida palabra crisis. Cae como una losa que hunde más la moral de los españoles porque si atisbaron algún brote verde en la bajada de la prima de riesgo, esto del desempleo es mucho más tangible que aquello de los mercados de la deuda. Al parado se le ve haciendo válido aquel título filmográfico que se nos ha quedado en el desgraciado acervo cultural: los lunes al sol.

Pero coincide la desgracia numérica, esa que representa a más de cinco millones de personas y a su afectado entorno, con que una experta en la búsqueda de empleo me plantea esta cuestión: buscar trabajo es un trabajo y como tal hay que tomarlo. No es que esta perspectiva alivie en absoluto el drama del que lleva meses con su cuenta corriente en alarmante rojo. Pero al menos invita a cierto grado de optimismo que evita la desesperación.

Porque no hay mayor aliado de la crisis que la tristeza, ese mal que el Demonio se ocupa de introducir en el corazón del hombre para atenazar lo y hacerlo inútil. Que la situación en España ha alcanzado cotas de dramatismo tales que nadie se la habría planteado hace sólo cinco años es evidente. Pero de ahí a pensar que el país entero se enfrenta a un abismo sin final supone exagerar bastante la situación.

miliciasHace nos días hacíamos un pequeño ejercicio con un grupo de alumnos universitarios que se lamían las heridas del desempleo incluso antes de empezar a dar la batalla. Les planteábamos esta sencilla propuesta: narrar, en cuatro o cinco párrafos, unas 500 palabras, algunas vivencias de las vidas de sus abuelos, hijos de la guerra y la posguerra, en que hubiesen pasado verdadera calamidad. El resultado fue una significativa exposición de retratos marcados todos ellos por elementos en común: el afán de superación, el valor de la familia, la fe en un Dios que no abandona y el sufrimiento entendido como una forma de entrega.

Optimismo en el mañana. Entre lágrimas que atenazaban las gargantas de las madres que sentían la punzada del hambre de sus hijos, toda una generación se superó a sí misma en las peores circunstancias posibles. Venían de un mundo mejor y sabían que se podía alcanzar. Resistieron a la desesperanza y combatieron por la felicidad. Y lo consiguieron.

Hoy la EPA no puede ser más losa que las bombas que destrozaron la cotidianidad en la guerra civil. Y no es más duro sumarse a la cola del desempleo con el trabajo de buscar trabajo que esperar impacientes en la cola del racionamiento de comida para ver si hoy por fin llegó la harina para todos. Que nadie piense que se trata de compararnos con el que está peor para sentirnos mejor, sino de aprender del que estuvo peor y que con mucha fe, con optimismo y con sacrificio, salió adelante.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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