lunes, 23 octubre, 2017

Indicativo y subjuntivo


Un no sé qué que quedan balbuciendo

San Juan de la Cruz

Soren Kierkegaard

Soren Kierkegaard

En sus colosales diarios, el pensador danés Soren Kierkegaard hace una reflexión que me acompaña desde hace tiempo: «Toda la literatura moderna, incluyendo la filosofía, está escrita en subjuntivo». El 13 de septiembre de 1837 anota: «Sería posible escribir una novela entera en que el presente de subjuntivo fuese el alma invisible, lo que es la luz para la pintura».

Mi profesora Teresa Velasco me enseñó en el colegio que el subjuntivo se emplea para referirse a la acción de modo subjetivo, en especial a hechos hipotéticos, o posibles, o deseados, o temidos. Desde su propia formulación, el hablante que profiere una frase en subjuntivo considera la posibilidad de un fracaso. ‘Espero que funcione’, dice el mecánico que no las tiene todas consigo, ‘ojalá vuelvas’, se dicen los amantes al despedirse. En este mundo precario y provisional, el subjuntivo es el modo verbal inevitable para referirse a todas las cosas. El indicativo debe reservarse para lo flagrante, lo inmediatamente tangible. Según el diccionario, se emplea para referirse a lo real, pero ¿qué es lo real?

Lo real es el recinto de la infancia y la adolescencia, las dos etapas de la vida en que los paraísos son posibles. La vida nos enseña que ni siquiera con relación a lo que estoy haciendo en este preciso momento ­–escribo, miro, respiro, digiero– hay garantía ninguna de que consiga perseverar en su realización. Por eso la expresión correcta es: ojalá siga escribiendo, espero que mis ojos continúen mirando, deseo que mis pulmones continúen respirando y mi estómago digiriendo.

Las disciplinas preceptivas –la moral, la didáctica, la gastronomía– comparten el modo imperativo, que a menudo se viste de infinitivo o de futuro de indicativo –amarás, memorizarás, sazonarás–. Sin embargo, una preceptiva de nuestra época debería redactarse en subjuntivo: si quieres salvarte, es bueno que respetes, que ames, que ayudes; si quieres conocer es recomendable que leas, que aprendas, que practiques, que imagines; si deseas disfrutar comiendo, es conveniente que compres buenos alimentos y cocines con esmero.

Aristoteles

Aristoteles

A la muerte de Filipo de Macedonia, Aristoteles regresa a Atenas y retoma las investigaciones literarias que había iniciado para instruir a Alejandro. Es entonces cuando redacta uno de los textos más famosos de su importantísima producción, la Poética. En su capítulo IX señala que la función del poeta no es contar hechos que han sucedido «sino aquellos que pueden suceder, es decir, aquello que es posible según la verosimilitud o la necesidad». Más adelante, en el capítulo XI, al hablar de los elementos expresivos fundamentales de la trama, el filósofo macedonio acuña un término para referirse al paso de la ignorancia al conocimiento: la anagnórisis, y cita como ejemplo el instante terrible del Edipo en el que éste descubre que ha asesinado a su padre y que su esposa es su madre.

Zen

Zen

En las distintas tradiciones culturales hay siempre una ceremonia, un proceso para que el discípulo ingrese en el conocimiento. El zen propone los koan, unos dilemas que, con la apariencia de un simple acertijo de apariencia absurda, plantea el maestro no para conocer la respuesta, sino para encontrar evidencias de progreso: Nan-in recibió en su casa a un profesor que venía a interesarse por el zen. Nan-in sirvió el té. Empezó a verter el contenido de la tetera en la taza del profesor y cuando el líquido llegó al borde, continuó vaciando la tetera. El profesor observó el hecho y, al cabo de unos instantes en los que Nan-in seguía desbordando el recipiente, dijo: «Ya está llena. No va a caber nada más». Al igual que esta taza –respondió Nan-in–, estás lleno con tus opiniones y especulaciones. ¿Cómo voy a enseñarte zen sin que vacíes primero tu cabeza?

En psicología se emplea el término inglés ‘insight’ para referirse a lo que lleva al sujeto a encontrar una poderosa verdad interior y a modificar sus comportamientos. Estos eurekas son afanosamente buscados en comunicación y en márketing con propósitos comerciales.

Dejando aparte la anagnórisis trágica o aristotélica, los koan y los insights, ¿qué podríamos hacer nosotros para ingresar en nuestra zona subjuntiva, en la zona de lo que podríamos ser y conocer sin necesidad de desposar a nuestra madre o poner el suelo perdido de té? Ese paso a lo que llevamos dentro, a lo que acaso seamos ya sin todavía saberlo se produce al contemplar la obra de arte. ¿Cualquier obra de arte? A mi entender, los grandes desarrollos artísticos del siglo XIX y XX donde los creadores se han liberado de lo real, de lo indicativo, de lo referencial, son los que más han buceado en las zonas hipotéticas adyacentes a nuestra persona, que son las que están a nuestro alcance.

Lección de anatomía.jpg

Lección de anatomía.jpg

Las grandes obras de Rubens, Rembrandt o Velázquez están pintadas en modo imperativo, al igual que están compuestas las magistrales creaciones de Bach, Mozart, Beethoven o Stravinski, Brahms, Wagner o Bruckner, Dante, Cervantes, Tolstoi, Dostoievski o Dickens. Estos colosales maestros se valieron de la retórica para que mirásemos, escuchásemos o leyésemos lo que ellos querían resaltar, y todo en la obra se subordina al hecho de que el espectador contemple o escuche o profese una idea iconográfica o sonora o filosófica concreta.

Paul Klee

Paul Klee

Para encontrar creaciones realizadas en modo subjuntivo hay que esperar en pintura a las composiciones de Kandinski, Mondrian, Klee o Rothko, en música a los últimos cuartetos de Beethoven, o las composiciones camerísticas de Bartok, Berg, Webern, Shostakovich, Feldman, Ligeti, Kurtag o Dutilleux. En poesía, el subjuntivo con el que soñaba Aristóteles no llega hasta los simbolistas franceses, el surrealismo, ‘Espacio’ de Juan Ramón Jiménez, ‘Los cuatro cuartetos’ de Eliot, o ‘Las elegías de Duino’ de Rilke. Sólo cuando el arte alcanza un determinado grado de indeterminación, de equivocidad, puede referirse verdaderamente a nosotros.

Entonces sobreviene el verdadero descubrimiento: ¿qué es ser yo?

Álvaro Fierro Clavero

Comentarios

  1. Tu artículo rezuma erudición y sin embargo has conseguido que resulte ligero. Ha sido un placer leerlo. Y mi pequeña aportación a tus desvelos finales, creo que el yo no existe, o por lo menos en modo estático, seguramente de existir o de estar, está en permanente construcción…. Lo dicho una gozada leerte.
    Laura

    • Qué amable. Saludos.

    • solcaverorivas@yahoo.es dice:

      Tienes razón, Álvaro, en tus puntos de vista sobre el subjuntivo. Lo malo es que, poéticamente hablando, los Egos pesan demasiado. Y también, por qué no, aunque existen otras formas verbales rara vez suelen construirse bien (Según Lázaro Carreter, un gerundio sólo debe ir detrás de un infinitivo o de un participio) Y qué difícil es a veces encontrarlos así en poesía.
      Bueno, mi enhorabuena sincera por tus puntos de vista. Soledad Cavero

  2. Somos humanos, por tanto, vacilantes.
    Gran artículo Álvaro.

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