Jueves, 25 Mayo, 2017

El Dios de Juan de la Cruz es más real que los personajes de Thomas Bernhard


thomas_bernhardt_descontextoHe leído un par de novelas del austriaco Thomas Bernhard, del pobre y doliente Bernhard, que pasó la mayor parte de su vida consumido dentro de una enfermedad crónica que le hacía ver la vida como un nido de bichos. Él lo sabía decir mejor, “si el mundo se creó de la nada, la nada es la base de la misma vida“. No me asusta para nada la frase, no sé si al lector también le ocurre. Lo que me apetece saber es si el autor se la tomó en serio hasta su hondón, es decir, quiero saber hasta dónde llega quien considera un desasosiego el hecho de estar vivo.

Bernhard, que murió en 1989, decía que sólo el abismo nos mantiene con vida. Cuando aparecen el dolor y el sufrimiento, ambos nos sitúan ante una experiencia auténtica, nos topamos con un horror que pronto o tarde nos autodestruirá. Un enfermo, digamos, es para Bernhard el mensajero de una verdad que se va a cumplir, es el tipo más profundamente lúcido. La vida cuando se muestra doliente nos habla mejor de sí misma, porque todo anda conduciéndose al sumidero de la consunción. Claro, nuestro escritor considera que la vida es absurda, por eso la mejor manera de vivirla es absurdamente. Para Bernhard hay una imposibilidad de comunicación en el ser humano. Le comprendo muy bien, quien tiene la certeza de que nos sustenta la nada, no es que no sólo haya nada que decir, es que la nada no puede comunicarse, sencillamente no está. El hombre es por tanto una imagen que se extingue, no sé, la vela prendida en su penúltimo centímetro de cabo.

Thomas_Bernhard_S122_1977_OttnangTiene un cuento durísimo que se llama “Los espeleólogos”, donde cuenta la historia de unos espeleólogos que bajan a una cueva a finales de agosto, debían estar fuera a mediados de septiembre pero no salieron. Se envió a otro grupo, y tampoco regresó. Por fin se toma una decisión definitiva, se tapia la entrada a la cueva, se cierra el acceso al interior de esa naturaleza destructora. He aquí la imagen del sumidero, esa nada que todo se lo lleva consigo. El austriaco dice que sólo existimos, que no vivimos (se exige volver a leer la frase). La vida es una automoribundia, un movimiento hacia lo oscuro. Cuenta el crítico literario Alberto Santamaría que los personajes de Bernhard están envueltos en una neblina, nunca se los puede ver de frente, no les llega el sol. Sólo se los encuentra a través de la tiniebla…

Toda esta sinceridad me produce un doble sentimiento que no puedo evitar, ninguno de los dos. El primero es una reacción de sorpresa por la coherencia, su filosofía no es pose de artista, el austriaco se la tomó en serio. Pero segundo, leo su obra y me recorre una lástima profunda que no puedo dejar a un lado. ¿Es que nadie le supo querer?, ¿nadie le abrió en su espíritu interrogantes en canal? El proceso de conocer a Bernhard es el de quedarse varios días con los ojos muy abiertos viendo morir a la rosa en su vaso de agua. En una entrevista que acaba de publicar la revista Quimera, incomprensiblemente sin fecha, va revelando fragmentos de sí. La periodista le pregunta cuándo tuvo una alegría por última vez (hay que tener valor y mala intención para decirle algo así), y el escritor responde “uno se alegra cada día de no estar todavía muerto“. Planazo. Es feliz por sobrevivir y además es feliz de pensar que esta vida termina y no hay otra (lo dirá más adelante). Y yo mientas leo, le voy traduciendo con palabras propias, “vivo resignado a vivir, muero resignado a morir, no soy más que una nada sin contornos precisos, pienso y escribo porque algo habrá que hacer antes de la llegada del abismo que confirmará que siempre fui nada“.

bernhard 4_thumb[3]Y ahora, así, de repente, me voy a la poesía de Juan de la Cruz. Perdonen el salto cualitativo, pero es que viene al pelo. El místico creía en el hombre como el ser apasionante frente a la nada. Ser: con toda su capacidad de memoria, amores, voluntad, risas, verbosidad, sentidos despiertos. De ahí que creyera con todas sus fuerzas en la capacidad comunicativa del ser humano, porque todo ser nace para darse. Viene de la nada, pero permanece en el ser. Además se atrevió a mostrar en poesía el trato íntimo con una Persona divina, un Ser capaz de venirse a este mundo, hacerse reconocible y explicarse a sí mismo. Es curioso que el Dios de Juan de la Cruz sea más visible en su poesía, que los personajes de las novelas de Bernhard. Éstos se mueven en la tiniebla, y aquél en una “noche amable, más que la alborada“, pero vivo, próximo, como un gorrión que te observa desde sus ojos diminutos.

El autor del Cántico Espiritual fue más allá de la nada, confiaba en el ser. Y fue más allá del ser que se extingue, confiaba en una perennidad regalada. Incluso una experiencia tan aparentemente críptica como la mística, es para él motivo de un poemario que revela una amistad. Por lo tanto el ser se revela a otro ser, podemos llegar a entendernos. Los textos de Juan de la Cruz son la apuesta por una comunicación que Bernhard nos esconde.

Javier Alonso Sandoica

Comentarios

  1. Domingo Suárez dice:

    Buenas tardes.

    Me encanta leer y releer el libro de Karol Wojtyla (Beato Juan Pablo II): “La fe según San Juan de la Cruz”. Editorial BAC. Realmente es la tesis doctoral de Wojtyla.

    En este enlace, en dos minutos, comenta la esencia del libro.

    http://www.youtube.com/watch?v=jqEM_MMHm6M

    Saludos,
    Domingo Suárez

Deja un comentario