lunes, 23 octubre, 2017

Carta de amor a Julia Lezhneva


Si mi voz muriera en tierra
llevadla a nivel del mar

Rafael Alberti

Julia_Lezhneva

Julia Lezhneva

María Malibrán

María Malibrán

‘Como la llama fiel en una lámpara’ se lee en la oda que Alfred de Musset escribió con motivo de la muerte de la soprano española María Malibrán, dominadora suprema de la escena mundial durante su inconcebible y cortísima carrera. Es fama que fue instruida a puntapiés por su padre, Manuel García, el genial tenor sevillano predilecto de Rossini que estrenó dos de sus fabulosas creaciones, ‘El barbero de Sevilla’ y ‘Otello’.

Conchita Supervía

Conchita Supervía

Pese a que el bel canto deja alguna huella en Verdi (pienso en la Gilda de Rigoletto), el ascenso de Wagner, Puccini y el auge del verismo consiguen que desaparezca prácticamente esta refinada muestra de arte vocal, que sólo se mantiene en el plano teórico durante unos tres cuartos de siglo gracias a los tratados de Manuel García hijo, y es desvencijada en los escenarios por cantantes inadecuados hasta que surgen dos figuras insignes en la historia del canto: Nuestra Conchita Supervía, que restituye coloraturas, tesituras y fraseos que le devuelven al bel canto el brillo con el que fue acuñado por Rossini, y la menos conocida soprano y profesora turolense Elvira de Hidalgo, que ha pasado a la posteridad como forjadora del estilo belcantista de la cantante máxima del pasado siglo, la neoyorkina de origen griego María Kallogeropoulos, más conocida como Maria Callas.

Gioacchino Rossini

Gioacchino Rossini

Juan Diego Flórez

Juan Diego Flórez

Hasta el advenimiento de la diva el gran Rossini estaba arrumbado y se consideraban imposibles de cantar sus vertiginosas partituras. Hacia los años 60 y 70 del pasado siglo surgen varias generaciones de cantantes portentosos (Kraus, Berganza, Scotto, Sutherland, Horne, Blake, Merritt, Lopardo, Ramey), que han cristalizado en el actual auge de la música del cisne de Pésaro con la irrupción de ese fenómeno vocal que es el peruano Juan Diego Flórez, y la reaparición de papeles de agilidad en la ópera contemporánea, como es el caso de Ariel en ‘La tempestad’ de Thomas Adès.

“Sonríe como si semejante demostración de poderío fuera una simple travesura”.

Antonio Vivaldi

Antonio Vivaldi

El resurgimiento de la música operística de Vivaldi, mucho más reciente, guarda ciertas similitudes con el de Rossini. El catálogo vivaldiano de óperas, de unas cuarenta y seis piezas certificadas -aunque el sacerdote veneciano asegurase haber escrito la friolera de noventa y cuatro- había quedado oscurecido por su gigantesca producción concertística, cercana a las quinientas composiciones. En los años 2000 el sello Naïve ha ido grabando la sucesión de gemas musicales vivaldianas para la escena que se caracterizan por su sobrehumana exigencia para con los cantantes, en absoluto inferior a la que demanda Rossini.

Fiodor Chaliapin

Fiodor Chaliapin

Los países del Este de Europa tienen una importantísima tradición coral ligada a la liturgia ortodoxa. Se han caracterizado secularmente por su incapacidad para producir tenores de fuste y su apabullante nómina del registro bajo y barítono: el mitológico Fiodor Chaliapin, Boris Christoff o Nicolai Ghiaurov. En las cuerdas femeninas han destacado las voces dramáticas y spinto adecuadas para Puccini, el verismo y los papeles verdianos más pesados, amén del repertorio condicionado por el idioma: Dimitrova, Kabaivanska, Vishnevskaia, Obratsova, Tomowa-Sintow, Borodina o la desarmante y bellísima Netrebko.

Cecilia Bartoli

Cecilia Bartoli

Pero lo que no imaginábamos es que la candidata a suceder a las actuales primeras damas del canto en el corazón de los aficionados -Bartoli, Fleming, Urmana, Westbroeck, Gheorghiu, Dessay, Kozena, Meier, Kasarova- fuera a ser una belcantista procedente del extremo más oriental de Siberia, la isla de Sajalin. La aérea epifanía de la joven Julia Lezhneva ha tenido lugar principalmente en los repertorios de Rossini, Vivaldi, Haendel y Mozart. Su arte sin mácula se manifiesta por igual tanto en los pasajes de bravura como en las medias voces o en los pianísimos, su incandescente coloratura es siempre matizada y musical, no pirotécnica o gimnástica como es frecuente escuchar. El breve vídeo adjunto nos la muestra empleando su portentoso instrumento en el arranque del estupefaciente motete ‘In furore iustissimae irae’ de Antonio Vivaldi. Lezhneva se acerca a la cámara y tras columpiar su garganta de la atmósfera y dejar que fluya la escalofriante frase inicial, sonríe como si semejante demostración de poderío fuera una simple travesura.

 

 

Julia Lezhneva

Julia Lezhneva respirando

En mis mitologías interiores la soprano Julia Lezhneva es una criatura anfibia que simultáneamente pertenece a las progenies altas de los pájaros y a la estirpe terrestre y láctea de las madres, la delicada taumaturgia de la mujer asunta en ángel, es el instrumento ínsito de la velocidad y la dulzura, el cuerpo interminablemente vegetal que resuelve su respiración y su certeza en las alegres sílabas de un texto.

Alvaro Fierro Clavero

Comentarios

  1. ¡qué portento!!
    gracias por presentármela

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