Jueves, 17 Agosto, 2017

La soledad de Jean Genet y la conciencia


9846-620-282Al escritor Jan Genet le hicieron picadillo en vida, pero digamos que tampoco él puso objeciones en autolesionarse (Jean Genet se pronuncia en francés, por cierto, como un cruce de sables). Leía ayer en un restaurante, a las 13.30 y casi solo en el comedor, la entrevista que Hubert Fichte le hiciera hace mucho tiempo. Me cautivó. Su madre fue una prostituta que lo abandonó, no conoció a su padre, no tuvo familia, no tuvo acomodo, porque la palabra acomodo viste como un guante a aquel que es amado de cerca, porque goza de “suyos“. Genet no tuvo suyos, tuvo un reformatorio donde vivió sus primeras experiencias homosexuales, “no quedaba más remedio, no había chicas“, lo dice como sí se disculpara o justificara.

Lo humillaron de pequeño cuando en clase, el profesor pidió a los alumnos que escribieran una redacción sobre el hogar de cada cual. Y él metió ficción en su texto, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer sino mentir refinadamente? El profesor elogió su escrito como el más completo del curso y sus compañeros reaccionaron burlándose públicamente de él, “¡pero si ese es un niño abandonado, no es cierto lo que dice, es un mentiroso!“. Pobre Genet, vilipendiado por los más próximos, por aquellos que bien podrían haber sido amigos de por vida. La tragedia siempre le dio de beber.

img_Jean-Genet--ecrivain--1963_Henri-CARTIER-BRESSON_ref~150.002516.00_mode~zoomLa entrevista es sustanciosa, Genet habla sin agarraderas, revela el peso de las lecturas de Proust en su formación como escritor, y las de Dostoieski. Cita a Monteverdi y no puede evitar su arrobo cuando conoció la pequeña iglesia de Matisse en Vence, porque es como si “entraras en el interior de un poema“. Levanto la cabeza hacia el televisor del restaurante y Nadal sigue ganando los cuartos de final del torneo de Montecarlo, los pocos que me rodean no le prestan mucha atención porque la vuelta de Nadal parece sobreentender una nueva ristra de victorias de ciclón. Me detengo en “Genet y la conciencia”, un titular que me invento a medida q el escritor habla de sí mismo. El entrevistador le pregunta sobre la justificación del asesinato. “El hombre -es Genet quien responde- no puede vivir si no se justifica, y siempre halla en su conciencia los medios y las facultades justificadoras de sí mismo y de sus actos, “después de todo he matado a un millonario que se alejaba del pueblo, así pues, mi causa es justa“. Ya digo, aquí brota inevitablemente el tema de la conciencia.

imagesPero Genet no se refiere tanto a esa voz sutil, apenas audible que desde muy abajo, o desde muy adentro, filtra un finísimo plus a ese monólogo de justificación. Esa voz que dice “a pesar de todo, no te engañes, mataste a un ser humano, pusiste tus manos sobre materia sagrada, llevas como Macbeth las manos rojas“. Genet busca más bien al abuelito que se presta al chantaje y le embauca con erudición de sofista. No busca la conciencia, busca el espejo que avale sus decisiones, porque son suyas y sólo suyas. Más adelante, el escritor reconocerá que “durante mucho tiempo, mi actitud fue narcisista“, y el entrevistador “¿se marginaba usted?“, y Gide “lo estaba“.

GENETUNO--644x362Quizá todo ese narcisismo amontonado, le impidiera transparencia a la hora de juzgar sus acciones. Es curioso cómo al final de la entrevista, Fichte le dice que si ha respondido con sinceridad a todas sus cuestiones, y Genet, sin pausa, le dice que la verdad sólo es posible “cuando estoy solo, la verdad no tiene nada que ver con una confesión. Si estoy solo tal vez digo un poco la verdad“. Nadal está solo en la pista de Montecarlo, con su brazo izquierdo imponente, un brazo como un niño burgués sobrealimentado, hipertrofiado. La mirada firme, seguro de sí, certero, porque piensa ganar. En él no hay conciencia moral, sólo determinación del éxito. Pero la soledad de Genet es más sofisticada, ya las voces no le dicen si es poderoso su proceder, le dicen si es verdadero. En soledad  la conciencia vence a disculpas y justificaciones.

Genet cambió sus impulsos homicidas por impulsos poéticos, una sublimación que le llevó a lo alto en literatura.

Javier Alonso Sandoica

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