Viernes, 23 Junio, 2017

Nuestra vida no depende del daño que se nos ha hecho


María Smith

por María Smith

Perdonar significa en última instancia una liberación para el agraviado, saber que nuestra vida no depende del daño que se nos ha hecho. ¿Ven? ¡La vida, no es una tragedia, es un drama!

“Al perdonar me guié por el corazón. (…) Voy a volver a pedir sus ojos. Los dos”. Ésta fue una de las frases que más me sorprendió al leer hace unos días una entrevista a Ameneh Bahramí, con motivo de la publicación de su libro Ojo por Ojo.

AmenehBahrami-420x0

Su nombre dio la vuelta al mundo cuando en el año 2011, ocho años después de su agresión y de conseguir que se aplicase la  Ley del Talión, Ameneh decidió perdonar a su agresor, librándole de la ejecución de una condena que le iba a costar sus dos ojos.  Su perdón hizo de ella una heroína. Tal vez aquella fue la mejor lección que una mujer podía dar a un país como Irán.  O tal vez no.

Hoy Ameneh vive en Barcelona, arrepentida de su decisión,  donde los médicos  poco más pueden hacer por su salud. Sus palabras ya no suenan a las de una heroína y el enfado; el rencor y la ira, resuenan en aquellos medios que todavía muestran algo de interés por su causa.  “Al perdonar me guié por el corazón. Mis congéneres dicen que soy tonta por haberlo hecho. Creo que tienen razón (…) Voy a volver a pedir sus ojos. Los dos”.

La historia de ésta mujer ha pasado de ser épica para convertirse en algo que comienza a derivar en la tragedia. No me gustan las tragedias,  de entre todos los géneros narrativos es, en mi opinión, el único que realmente tiene poco que ver con la realidad. Hay poca universalidad en una tragedia.

preciousMe llamarán ilusa, pero creo que hay más verdad en una historia épica que en una trágica. Verán, mi mente se divide en secuencias, mi pensamiento se maneja con fotogramas y lecturas de campo. Los personajes de las películas son para mí tan reales como las personas que me rodean y he aprendido tanto de ellos como de las lecciones de mis padres. No me es más cierta la verdad de Ameneh que otras tantas historias que se narran mediante metros de celuloide, en los que 90 años de vida quedan reducidos a dos horas.  La vida de Ameneh no me resulta más real y cierta que la de Precious , aquella chica recién entrada en la adolescencia, embarazada de su segundo hijo fruto de las continuas violaciones de su padre, que consigue rehacer su vida solo cuando perdona  a su madre, incluso cuando ésta no muestra signo alguno de arrepentimiento.  Probablemente sea una de las historias más duras que el cine haya contado, desde luego es mucho más dura que la historia de Ameneh.

Precious  es un verdadero drama épico. Desde el patio de butacas, donde se escuchan sollozos y suspiros desconsolados,  la vida de ésta adolescente violada por su padre y constantemente maltratada por su madre, a la que nunca ha querido nadie, resulta mucho más esperanzadora que la de la joven iraní, a la que un día un hombre en un acto de despecho arroja ácido cegándola y desfigurándola de por vida.  Precious no vivirá la condena autoimpuesta de una vida amargada por el resentimiento y el deseo de venganza.  El público abandona la sala sabiendo que esta chica puede ser feliz. Qué es al final lo que más nos importa. Más que el deseo que de que su madre o su padre  sufran  un daño proporcional al que han causado a su hija. Ese no es más que mi deseo para Ameneh.

Perdonar no significa olvidar, no implica dejar un crimen sin su justa condena.  El perdón lleva tiempo, se trabaja y es al fin una decisión consciente, que en última instancia parte de un acto de amor. He aquí el misterio: un acto de amor dirigido probamente a quien en un principio menos lo merece. Tal vez  en un país como Irán, donde el concepto de persona es relativo, uno nunca sea capaz de comprender lo que la dignidad es y hasta qué punto – como nos recuerda  Helen Prejean en Pena de Muerte– “Cada hombre vale más que el peor de sus actos”. Probablemente el acontecimiento cristiano introduzca una de las grandes diferencias con otras culturas y religiones en este aspecto. Hay pocas cosas más misteriosas y conmovedoras que el saberse querido y perdonado de este modo.  Perdonar significa en última instancia una liberación para el agraviado, saber que nuestra vida no depende del daño que se nos ha hecho. ¿Ven? ¡La vida, no es una tragedia, es un drama!

No hay nada más triste que la historia de un héroe caído. Y me atrevo a decir, que si no hay otro punto de giro en la vida de Ameneh, su vida no se hará más fácil y no encontrará el consuelo que tanto clama.   Decía hace unos días Guadalupe de la Vallina en su artículo, que el “enfado es el nuevo opio del pueblo”, tal vez añadiría que el “enfado” puede ser también el opio que entumece el espíritu, lo vuelve rígido y le impide el movimiento.  He ahí el verdadero fin del perdón, su bien no recae en primera instancia sobre aquella persona a la que se perdona. Recae en aquella persona que perdona. El perdón que se da, es el quitarse un enorme peso, es el poder volver a mover la cabeza, levantar la mirada del suelo y poder dirigirla hacia algo mayor que nuestro propio drama. El perdón es un punto de giro: un acontecimiento que cambia el rumbo de la historia y permite avanzar en la narración.

Maria Smith

Deja un comentario