Miércoles, 16 Agosto, 2017

Necesita mejorar


To-The-Wonder-Trailer6

Foto: Magnolia Films

How do I love thee?
Let me count the ways.

El occidental medio pasa la vida aprendiendo a vivir. Y hace bien. Los greatest hits de la existencia no se resuelven solos, necesitamos instrucciones para casi todo. Ahora que tengo cachorro estoy sensibilizada con el tema, veo que nacemos a medio hacer. Sobrevivir es la primera lección, en mi caso vamos por cómo no ahogarse con la comida sólida, y muy lejos de aprender que lanzarse al hueco de las escaleras es mala idea.

Una vez superados los básicos todo se va complicando: cómo dibujar dentro de la línea, escribir dentro de los márgenes, caminar dentro de la acera, esperar dentro de la fila. Cuándo hablar, cuándo callar, cuándo reír abiertamente, cuándo sofocar la carcajada; cuándo ser discreto con los errores del compañero, cuándo denunciar la maldad. Aprendemos a aprender y a demostrar que lo hacemos, aprendemos el peso de nuestras acciones y cómo quema por dentro la justicia arbitraria.

Cuando nos queda poco para ser ciudadanos, se nos instruye en democracia (real, irreal y utópica) y se nos explica qué nos hará escondernos de la policía a la que, en la inocencia, saludábamos con la manita. Aprendemos a montar en bici, aprendemos a montar en moto, aprendemos el monopatín si somos suficientemente guays como para llamarlo skate y, por fin, llega el bautizo de fuego: la autoescuela y diez amigos a modo de protocuñados que se sacaron el carnet en un mes sin abrir el libro.

La sociedad, que es la tele, que es quien la paga, también tiene interés en concienciarnos. Cuántas horas de emisión dedicadas a luchar contra el racismo, el acoso escolar, el primer porro. No te hagas daño, no dañes a otros. No experimentes tu incipiente y confusa sexualidad de forma afectivamente irresponsable sin haberte puesto antes un condón. Organiza quién conducirá cuando tú te emborraches como si no hubiera un mañana. Cosas, cosas útiles.

Así que, un domingo, el ciudadanito recién estrenado coge el coche, o vuela en metro, o camina respetando el semáforo en rojo, y vota por el partido más idealista (la desvirgación democrática es así de tierna y es justo que lo sea) para luego taparse la nariz cuatro años después y ser práctico, o lo que sea que ocurra en las próximas elecciones, donde tendremos el privilegio de elegir entre susto o muerte. Ha superado la selectividad y se ha jurado a sí mismo no probar la coca que destruye neuronas hasta el game over: digamos que ha aplicado bien todas las lecciones.

De camino a la sede electoral coincide con esa chica con la que usó profiláctico dos semanas antes, sólo que ahora están sobrios y aún así se siguen gustando, así que quedan de nuevo, se conectan en todas las redes sociales y, al cabo de un tiempo, se casan. Y se divorcian a los tres años, con un hijo de por medio. Y, lo sabéis aunque suene feo decirlo, todo duele como no había dolido nada antes. Sucede porque no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Saben ser buenos estudiantes, buenos ciudadanos, buenos conductores y buenos amantes, pero nadie ha considerado importante enseñarles a ser buenos esposos (o pareja de por vida, perdonadme si lo simplifico con esa palabra).

Pensaba en todo esto hace un par de días, viendo To The Wonder, sobre la que aún no sé qué opinar, sino que mira con honestidad (y por ello sin cinismo) los movimientos convulsos de un amor mientras se transforma. No la combustión espontánea del enamoramiento – que también, spoiler – sino apostar la vida por el otro, un matrimonio luchando por sobrevivir como hogar del otro. Porque ése es EL greatest hit. Aunque nos ataque un ERE, la salud se nos quiebre o la política sea tan nefasta que nos haga buscarnos la vida fuera de nuestras fronteras, nada nos falta si nuestro matrimonio está vivo y coleando: es nuestra casa. Y, sin embargo, somos analfabetos afectivos, viviendo cada turbulencia con el riesgo del desahucio. Con el informe PISA se renuevan sistemas educativos pero, ante el dato de que tres de cada cuatro matrimonios acaban por romperse, sólo se escucha el crujir de ropas de una sociedad entera encogiéndose de hombros. Será que el amor es un asunto de mayores y nadie tiene derecho a darnos lecciones. Dijo él, haciendo las maletas mientras ella lloraba en el baño.

Guadalupe de la Vallina

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