Miércoles, 26 Abril, 2017

Que las cosas entierren a sus cosas


Perec3Esto de seguir las misas del Papa a diario desde la casa de Santa Marta, es una suerte. Hay infiltrados del Centro Televisivo Vaticano que luego te lo cuentan en los medios digitales. Ayer soltó que el significado de “avanzar”, palabra que invita a postura de progreso, “alude a descender por el camino de la humildad, porque así resalta el amor de Dios”. El Papa habla con palabras de siempre, pero como lavadas a mano de nuevo.

Cuando leía la homilía de Francisco, ponía punto final a la novela “Las cosas” de Georges Perec. El francés murió de cáncer de pulmón a los 46 años. Ésta fue su celebradísima primera novela, por la que le dieron un galardón que le muy hizo feliz y le puso en el disparadero de los clásicos del XX francés. Es francamente buena. Empiezo por el final, una cita afortunada de Karl Marx, “el medio forma parte de la verdad tanto como el resultado. Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera; la búsqueda verdadera es la verdad desplegada, cuyos miembros dispersos se reúnen en el resultado”. No sé dónde lo dejó escrito, pero un santo padre de la Iglesia habría firmado sin duda un texto en el que se propusiera que la búsqueda de la verdad necesita de medios igualmente verdaderos.

Perec2Los protagonistas son dos pipiolos en fase universitaria que sólo quieren ser ricos, avanzar en el acceso a las cosas, tener, tener. Es muy inteligente el arranque, porque todo él está escrito en condicional, “llevarían” “daría” “sería” “deslizaría” “brillarían”. Los chicos sueñan con adquisiciones, y todo esto es muy potencial, deambula en el condicional. A Perec le encantaba el misterio de las palabras, de hecho escribía crucigramas para Le Point y en su obra posterior hay mucho de giros novedosos y piruetas de gramática.

El francés nos siluetea una generación, la de los sesenta, de apetitos sin rumbo. Es tal la acumulación de cosas que sueñan los protagonistas, que al lector le viene la fiebre del empacho. Todo amontonamiento regala hastío, y así permanece quien entra en la novela hasta su término. Los chicos más que avanzar, en el sentido del que más arriba hablaba el Papa, huyen. Hay mucha tristeza en esas gentes que no disfrutan, ya que les vale con el número y el recuento. No entran en la cosa, la enumeran junto a las demás. “Se habían instalado en lo provisional”, dice Perec. Se largan de París a Sfax, pero allí sólo encuentran palmeras sucias y parajes desnudos de belleza. Ya digo, están en fuga, huyen de esa reflexión profundamente humana que extrae lo mejor de las cosas y las valora. Esta postura irreflexiva no es tanto un error generacional, cuanto una mirada recurrente del ser humano. Sólo en humildad se valora el justo precio de las cosas, uno sabe decir basta, no se asfixia bajo el peso de las menudencias, se atiene a la realidad, recibe luz para buscar lo imperecedero. Las cosas a su suerte sólo acumulan polvo.

Javier Alonso Sandoica

Deja un comentario