Lunes, 26 Junio, 2017

El engaño chipriota


chipre_bancoSe ha puesto de moda en España en los últimos meses un curioso artilugio. Se trata de una cama que alberga una especie de caja fuerte. Es la manera sofisticada de guardar los caudales debajo del colchón. A muchos chipriotas les habría venido muy bien tener una porque han sido víctimas de un significativo engaño donde la ética ha quedado aparcada disfrazada de la búsqueda del menos malo de los males.

La historia del engaño chipriota no viene dada por el hecho de que esté en recesión. Muchos otros países lo están, y se debe a una amalgama tan compleja de factores que es difícil apuntar a un único responsable, de modo que Chipre en su conjunto, el Gobierno chipriota de turno o los chipriotas como sociedad son igual de responsables que otros países en similares situaciones.

El problema radica en que, ante circunstancias similares, se ha tomado un camino ya conocido en otras latitudes, el del corralito, que es un verdadero engaño para el ciudadano medio y que deja a bastante buen recaudo a otro perfil de personaje que tiene, en buena medida, su parte alícuota en culpabilidad de la crisis: el inversor.

En Chipre puede que no se engañase deliberadamente pero sin duda se vivió en un engaño. Un minúsculo país que representa una mínima cantidad del PIB comunitario y que tiene una estructura económica suficientemente precaria como para estar muy lejos de competir con los grandes, de pronto trata de tú a tú con Bruselas y accede al selecto club del euro con cierta celeridad que ya fue comentada en su día.

Y parecen años de bonanza en un Chipre que aplica como tesis la de reducir impuestos para traer capitales extranjeros, en particular rusos, que resulta son casi copropietarios del país, pero no así de su deuda. Los chipriotas vivían como el puñado de vecinos de Leichestein y tenían tantos bancos como el paraíso admitido de Gibraltar. Pero la economía seguía siendo tan exigua que el sistema financiero acabó por cuadruplicar la producción real del país.

chipreEntonces, en una reunión en Nicosia y en otra en Bruselas, se les ocurrió la idea de que todos los ciudadanos contribuyeran a sacar a la isla –a parte, hay otra parte turca­- del sumidero. Pero era muy difícil recaudar casa por casa. Y recordaron cuán sencillo fue disponer de liquidez en Argentina cuando impidieron que los dueños de depósitos bancarios accedieran a ellos. Eso es el corralito.

¿Dónde está el engaño? No está en el hecho de que un país pretenda que todos sus ciudadanos contribuyan de manera generosa a su salvación. Es una petición razonable e incluso justa si se han intentado hacer las cosas bien y el viento en contra las ha tumbado. Está en el hecho de que, para facilitarse el dinero fresco y rápido, se haya recurrido solo a una parte de la sociedad: el ahorrador.

El ahorrador estaba usando los cómodos y poco rentables depósitos que le ofrecía su entidad financiera de siempre para ser fiel a la parábola de los talentos y no enterrar sus denarios. Una pequeña rentabilidad que no incurría en excesiva ambición y que generaba la tranquilidad de tener el dinero a buen recaudo. El especulador, esa especia financiera que ha provocado la crisis, no tenía “ahorritos” sino inversiones, y resulta que aunque sea el que más dinero haya hecho en los años de vacas gordas, es imposible echarle el guante, y más aún si se tiene prisa.

La gran injusticia chipriota no es, pues pedir el apoyo de los vecinos para salir adelante, sino pedir el apoyo de solo un puñado de vecinos porque tiene el dinero más a mano. Y la iniquidad se acrecienta si se tiene en cuenta que suelen ser precisamente esos depositarios los que menos han tenido que ver con la crisis económica y los que más están sufriendo sus consecuencias. Con razón advertía el Papa Francisco en sus peticiones por la paz tras la bendición Urbi et Orbi del riesgo de guerra que genera la corrupción.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

 

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