Miércoles, 16 Agosto, 2017

Fan no more


mumford

Foto: Mercadeo Pop

 

Ésta es una anécdota que os importará a pocos, lo sé, pero no me la quito de la cabeza. Llevo diez años a Javi y a sus amigos pero, desde el jueves, les tengo por maestros. Ese día me fui a dormir pensando “así se vive”. ¿Así, cómo? Entusiasta, yendo hasta el fondo, consciente de la propia dignidad.

Entusiasta porque en esa cola eterna para entrar en el concierto de los Mumford & Sons el postureo era el rey. Y el postureo, en España, consiste en que todo te importa hasta cierto punto. Y si te entusiasma, es de forma irónica. Habíamos quedado con ellos y nos preguntábamos cómo íbamos a encontrarlos entre tanta gente guapa cuando escuchamos las canciones de los Mumford a cuatro voces, guitarra en mano, y un círculo alrededor de un grupo en la cola. Ahí estaban Javi, Rafa, el Canario, y todos los demás, cambiando el enfado de los que habían llegado tres horas antes del concierto y veían sumarse amigos al grupo de delante, por un momento único con desconocidos. Porque no recelan ni tienen nada que demostrar, así que pueden concentrar sus energías en disfrutar lo que les gusta. Y esa noche, entusiasmados, tuvieron lo que 9.000 personas pagaron sin conseguir.

A Javi le habló Rocío de Mumford & Sons y le gustaron (esta historia es una anécdota de nombres propios), así que fue hasta el fondo. Por eso aprendió a tocar todas sus canciones, recopilando letra y partitura, para tocarlas con sus amigos, casi todos músicos. Por eso cuando su padre le propuso que formaran un grupo de homenaje a M&S dedicaron todos los fines de semana de un mes a montar un concierto, aprendiendo a dominar instrumentos nuevos y entusiasmando a cientos de personas que pasaban por allí y que acabaron saltando en bloque sin conocerles apenas. Por eso el jueves pasado fueron en busca de la salida de autobuses del Palacio de Vistalegre y empezaron a entonar una canción tras otra entre chavales que estaban de vuelta de la noche, del concierto y de todo en general. Por eso Ted Dwane, el bajista de los Mumford, salió a escucharles, y entró para coger la guitarra y acompañarles. Por eso acabaron siendo un espectáculo para las estrellas de la noche, que les grababan en vídeo y no querían subir al autobús.

Conscientes de su propia dignidad, porque nadie grita el nombre de otro sólo para ser mirado, para tener un segundo de su atención, si no se cree inferior. El fan se hace masa para poder convertir al ídolo en objeto: todos pierden en un juego que ha convertido el espectáculo en publicidad. Por eso, después de cantar algunos de los temas que no salieron en el concierto, Javi y sus amigos entonaron The Auld Triangle, canción típica irlandesa, para los dos miembros de M&S que les escuchaban felices, porque la pasión por su música les llevaba al Palacio de Vistalegre a encontrarse con los músicos, no con las estrellas. Marcus, el motor de los Mumford que dirige el conjunto desde su apellido y un carisma británico incuestionable, salió corriendo de donde estuviera escondido, sacó la cabeza entre los barrotes de la valla que les separaba y entonó la estrofa a voz en grito. Durante cuarenta minutos, estos desconocidos dialogaron a base de acordes y coros, sabiéndose iguales en dignidad y pasión.

Déjenme explicar una cosa. Hace años que escucho con devoción a los Mumford & Sons por esa cercanía al corazón que ciertos artistas despiertan a cada uno, según filias. Nada me parecía más decepcionante mientras compraba mi billete que un concierto en el que no ocurriera nada. Que fue exactamente lo que vimos el día 21, una perfección técnica sin la conexión con el público que les ha hecho famosos. Incluso ellos se fumarían el cigarro de después del espectáculo con el gesto torcido. Aquellos de ustedes que hayan sentido que un poeta les conoce mejor que bastantes amigos, seguramente entenderán la grandeza del momento que recojo cuando, en la gratuidad del tiempo perdido, las estrellas y los fans vuelven por un momento a la posición original y, sin conocerse, se entusiasman juntos con la pasión compartida, y son casi hermanos sin decirlo. A lo lejos, las fans gritaban, a lo lejos. Y los Mumford & Sons se iban a dormir uniendo esa noche al recuerdo de los chavales de Bolonia que les cantaban cantos alpinos a la salida del concierto italiano, sin saber que entre ellos estaba la hermana de Javi, porque la pasión se contagia rápido.

Uno del grupo iba en coche camino a casa. También estuvo cantando en la cola pero – como hice yo – al ver la poca disposición de los Mumford hacia el público, dio por perdido cualquier regalo. Cuando su hermana pequeña insistió en quedarse a cantar, con orgullo adulto recién estrenado le respondía: “hay que saber cuándo termina una noche, y esta noche ha terminado”. No contar con el imprevisto es el mayor error para quien quiera tener una vida interesante.

Guadalupe de la Vallina.

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