sábado, 23 septiembre, 2017

El cuadro favorito de Francisco, “La Crucifixión blanca” de Chagall


Lo dejó escrito en el libro El jesuita. El cuadro que descuella entre sus favoritos es “La Crucifixión blanca” de Chagall, pintado en 1938. Es su cuadro de referencia. A los que seguimos de cerca sus homilías, habríamos terminado de colocar este cuadro como resumen de cuanto nos va diciendo, quizá por su extraordinaria simbología.

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La Crucifixión blanca fue la exacta réplica del Guernica de Picasso.
El Guernica, más que un cuadro, es un icono del siglo XX, un símbolo de los sufrimientos que la guerra arroja sobre la población civil. El 26 de abril de 1937 la Legión Cóndor bombardeó la población vizcaína de Guernica. Los Stukas sembraron el pánico y la destrucción en dicha localidad, un gratuito objetivo militar que sirvió de ensayo para las futuras acciones de estos aviones, el bombardeo en picado.

En el cartel-cuadro de Picasso hay fragmentos, no un totum de significado, sino piezas del horror diseminadas sobre una arena oscura, independientes, arrojadas a la escombrera de la desesperación. No existe un solo atisbo de esperanza, es el horror vacui a toda posibilidad de respuesta. La contemplación de un campo de batalla en que tímidamente se oyen las toses de los moribundos a los lejos, hay una bandera rota que flamea, un caballo que se retuerce como se retuerce el cuerpo de un soldado, sin ápice de diferencias. Es la congelación de toda posibilidad de recuperación, un cul-de-sac de solución. No hay proyecto, sólo desolación.

Al año siguiente, 1938, Chagall acomete una de sus obras más originales, su “Crucifixión blanca”. También allí está todo el dolor del hombre en carne viva. Se observan a soldados soviéticos en avanzadilla sobre un pueblo, incendiándolo como jauría sin timonel. Los nacionalsocialistas, en el otro extremo, prenden un templo sinagogal, profanándolo con sus hirvientes teas. La gente huye. Hay un tipo que porta entre sus brazos la Toráh y huye temblando. La menohra, el candelabro de siete velas judío, ilumina tibiamente toda esta suciedad de violencia. El judío errante huye, hace lo que tiene que hacer, vuelve a su fuga perpetua.

Pero en Chagall hay una respuesta que no deja indiferente al espectador, porque cruza el óleo de arriba abajo, es un Cristo blanco sin el acompañamiento del instrumental de torturas, los clavos, la esponja, la lanza, la corona. Quizá porque el espectador advierte cada instrumento de dolor sobre el cuerpo del Maestro en esa falta de cordura del hombre detrás de sus pasiones. Las herramientas del dolor son las acometidas brutales de los hombres, una tortura mediata. Un claro rayo de luz penetra la figura del Crucificado. La honra se su autoridad milenaria se transforma exportadora de esperanza en medio de todas las experiencias traumáticas. “La fe en Él -escribe Chagall- mueve las montañas de la desesperanza”. Todo esto es muy Francisco. Porque sus mensajes de no perder el sentido de la esperanza a pesar del dolor presente, tienen su raíz en esta luz blanquísima sobre el cuadro de este Cristo Savador.

Javier Alonso Sandoica

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