Miércoles, 16 Agosto, 2017

Pero me dicen que es una estupidez


El Papa Francisco

Fóto: AP

Lo único importante es que nada cambie. Mantener el mundo que ven bajo control, ordenar los datos en un lugar limpio y bien iluminado, someter los hechos a su nada, who art in nada, nada be thy name, thy kingdom nada thy will be nada in nada as it is in nada.[1]

Al enemigo hay que dividirlo para que no amenace nuestro poder, al acontecimiento hay que desmenuzarlo hasta que pierda su fuerza, hasta que deje de suponer una amenaza a lo que ya se sabe. Es necesario organizar quinielas y clasificar papables, analizar homilías y adjudicar puntos por anécdota a cada participante – “no es suficientemente políglota, conoce la curia, es cercano al movimientocomuniónyliberación”.  La experiencia no cuenta nada. Que las quinielas fallen en cada cónclave no tiene incidencia alguna sobre la necesidad de seguir jugando a la adivinanza, porque necesitan demostrarse que no hay región de la realidad que no se rija según sus enclenques categorías.

Los hay conservadores o reformadores. Los hay intelectuales u hombres de acción. Los hay cercanos o lejanos a Ratzinger. Todos perfectamente ordenados encima de la chimenea, listos para construir un relato ideal, donde siempre, todo, ocurre por las mismas razones. Sea en el Vaticano, en el Gobierno o en el vestuario del Madrí.

“¿Cuáles son los requisitos para entrar en vuestro grupo?” Fue hace unas semanas, mi amigo se reía, no entendía, ¿requisitos? Lo preguntaba un periodista, como parte de su reportaje sobre movimientos católicos. “¿Cuáles son los requisitos?”, insistía. “¿Requisitos? Ninguno.” Fijó por un momento la mirada en mi amigo: “no, dímelo con sinceridad, ¿cuáles son los requisitos?”. Naturalmente, no publicó nada de esa larga conversación: no respondía a ninguna de sus categorías.

Todos conocían la lista de los candidatos perfectos y cacareaban los puntos fuertes de cada personaje se su videojuego vaticano. Hasta la Conferencia Episcopal italiana felicitó a Scola por el papado, como si fuera el Partido Popular enviando emails. Y entonces apareció Francisco. Casi pasmado ante el mundo. Dejándose mirar, contemplando él la historia en el momento de ocurrir. Siendo acontecimiento. Y, por un momento brevísimo, todos nos callamos por dentro, arrugando nuestra quiniela hasta hacer con ella una pelotita. Francisco nos miraba diciendo: el Espíritu Santo era esto, amigos. Y en ese silencio, por una vez, permitimos colarse al imprevisto.

Tardaron pocos segundos en reconstruir las defensas: evidentemente salía elegido Bergoglio, exactamente lo que la Iglesia de hoy (la de hoy, esa Iglesia) necesitaba, con su identikit recién copiado y planchado de la Wikipedia, y el mundo recobró el control anunciando las directrices de los primeros años de su pontificado, que los vaticanistas tendrán seguramente a bien comunicar al interesado para que sepa por dónde empezar.

Este fin de semana he visto cómo cientos de voluntarios levantaban un pequeño acontecimiento en un pabellón a las afueras de Madrid. Nada más entrar, mi perspectiva del futuro de mi hijo en este país ha perdido la negrura que, sin darme cuenta, los hechos habían ido arrojando. Este año, como todos, tenían un lema: un imprevisto es la única esperanza [2].

Guadalupe de la Vallina

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[1] A Clean, Well-Lighted Place, Ernest Hemingway, 1933.

[2] Prima del viaggio, Eugenio Montale, “Satura” (1962-1970)

 

 

Comentarios

  1. Bravo, Lupe, y enhorabuena por tu valentía, por escribir lo q te da la gana e ir contracorriente. Y eso no es fácil. Gracias.

  2. Muy bueno. Sí, el imprevisto. La vida es imprevisto. Me ha gustado mucho.

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