Domingo, 20 abril, 2014

Las manos de los padres

Las manos de los padres

Las manos de los padres han levantado casas y familias, soportado pluriempleos y días muy largos, dado apretones a amigos y a quienes no lo eran, saludado a vecinos, acarreado incontables bolsas de la compra, cestas, carritos de niños y muebles en mudanzas, sube y baja escaleras.

Las manos de los padres




En los años sesenta, los niños no éramos de la liga antitabaco y dejábamos a los padres en paz con sus vicios, que solían ser todos confesables e inofensivos, pequeños.


Manos también capaces de juntarse en misa, de rezar y enseñarte a rezar, madre y padre, los dos a un tiempo, arrodillados no por el peso que llevaban, sino porque confiaban en otras manos y se sentían en esas otras más grandes y fuertes.

lenfant_au_bracelet_1922-23_maria_blanchardCuando eres pequeña, antes de cumplir los seis años más o menos, depende de lo alta que seas, estás demasiado cerca del suelo. Te llevan a un bar tus padres y ves espachurradas las cabezas de las gambas, los huesos de los aceitunas, las servilletas manchadas, y hasta las colillas que la gente tira y luego apagan aplástandolas con la suela del zapato. Da miedo. Te tomas tu Fanta compartida con un hermano mirando todo eso y agarras bien la mano de tu padre de vez en cuando, no vaya a ser que te arrastre la porquería reinante y se te lleve.

Lo mismo ocurre en el metro: zapatos y botas, cuerpos de todos los tamaños y apariencias rodeándote, tú en un hueco. Te coges de la mano de tu madre para no perderte en esa marea de hombres y mujeres que solo lo parecen. Para verles la cara, para que fueran humanos, necesitarías crecer o que ellos se acercaran. Mientras tanto, allí en lo alto, son amenazantes e incompletos.

La mano de una madre te sujeta cuando te enseña a cruzar. “Mira, el señor rojo, paramos; el verde, entonces se puede ir al otro lado, pero siempre antes miramos …” Ella te sigue agarrando cuando te lleva al colegio, a la parada del autobús, y te deja suelta un rato mientras habla con otras madres. Luego estarás todo el día sin ella, meses enteros de clases y recreos en el patio con frío en invierno y viento. Pero sus manos vuelven a estar cuando te baña. Aunque te vistas ya solita, mamá viene y te acaba de aclarar bien el pelo con la esponja y te ayuda a incorporarte de la bañera donde has estado nadando como una sirena, buceando. “Mira, mamá, mira cómo resisto debajo del agua”. Olor de familia y cena.

La mano de un padre es todavía más grande. A veces seguirá siendo más grande aunque tú crezcas. Te mirará un día tu padre y verá tus dedos sujetando el libro que sujetó antes que tú, ese que tanto se empeñó que leyeras. “Tienes unas manos muy bonitas, hija…” Y le coges tú su mano y se la besas, “te quiero mucho, papá”. Hay hombres que se dejan abrazar y querer, que lo buscan sin vergüenza, a quienes se les humedecen los ojos fácilmente.

Las manos de los padres te han sujetado siempre.

Ellas te sostuvieron cuando ladeabas la cabeza como un muñeco, te metieron en la cuna, te arroparon. Te dieron el alimento primero colocándote para que mamaras, luego la cuchara y lo salado. Cómo cuesta al principio la sal, es amarga en comparación con la leche. Después te llevaron hasta el orinal, “a ver si haces caca ahí, como los mayores”, “qué bien, qué bien, que ya no tienes que llevar pañales”, todos celebrando la primera graduación como ser humano que es esa. Te alcanzaron la pasta de dientes, las camisetas y los zapatos cuando no llegabas a ese estante que estaba alto. “Ahora te pones la ropa tú sola, ¿vale?, y, si no puedes tú, te ayudo, pero lo intentas”. “Otra vez la camiseta, los botones son para adelante, he vuelto a equivocarme, mamá”, “¡ya sé atarme los zapatos!”, “papá, no entres, ¿eh?, que me estoy vistiendo”, “no me peines tú, que yo puedo sola, déjame”…

“Pero un beso sí podremos darte ¿no?”. Un beso sí, claro. Beso y beso. Mano y otra vez mano.

Tú has visto esas manos que besarías mil veces haciendo otras cosas, croquetas, por ejemplo, o fumando, llevándose tu padre el cigarro a la boca y tú mirándole admirada cómo hacía esos circulitos en el aire, perfectos. Porque entonces, en los años sesenta, los niños no éramos de la liga antitabaco y dejábamos a los padres en paz con sus vicios, que solían ser todos confesables e inofensivos, pequeños. Leales vicios de padres de familia fieles cuyas manos han levantado casas y familias, soportado pluriempleos y días muy largos, dado apretones a amigos y a quienes no lo eran, saludado a vecinos, acarreado incontables bolsas de la compra, cestas, carritos de niños y muebles en mudanzas, sube y baja escaleras.

Manos también capaces de juntarse en misa, de rezar y enseñarte a rezar, madre y padre, los dos a un tiempo, arrodillados no por el peso que llevaban, sino porque confiaban en otras manos y se sentían en esas otras más grandes y fuertes. Y así te lo han enseñado y te lo enseñan. Agradece siempre lo que tienes.

Las manos de los padres a veces se van. Pero tú las sientes alguna madrugada con la soledad o el miedo. Es tu padre que viene, tu madre que entra en la habitación blanca y te sube la sábana y la colcha con el relente. “Vámonos ya, estará bien, nuestras manos ya le han dado todo lo que podían darle”, “Déjame un poco más, todavía me extraña…” Y tú lloras porque notas que son ellos y su ausencia, sus manos muy ancianas, temblonas y huesudas, llenas de manchas, las uñas débiles y transparentes, de viejo, de vieja, intentando acariciarte, sostenerte todavía en esta delgada línea de tierra en la que tú te has quedado, mientras ellos, ellas, sus manos, están ya en otros menesteres.

Aunque siempre aparecen cuando más les necesitas: “mamá, tengo miedo”, “papá, no sé qué hacer en este momento”.

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. Teresa Campoamor dice:

    Confieso que has vivido….. y sentido…y tal vez …..recientemente perdido. Abrazo de amiga, de hija , y de madre.

  2. Y muchas veces cuando ya no “sirven” se olvidan en algun asilo u hospital

  3. muy bonito , es la realidad de lo vivido , unos sentimientos preciosos , ¡¡¡enhorabuena¡¡¡¡ . Yo pregunto ¿ somos capaces de sentir todo esto en su momento , o lo hacemos demasiado tarde ? .

  4. Antonio Gonzalez dice:

    Siempre quedan en el recuerdo sus manos, miradas, consejos, etc.

  5. Qué preciosidad

  6. Un abrazo, estuve fuera. Por orden. Efectivamente, ya no les tengo. Sí, se les olvida a menudo, es un horror la sociedad que estamos haciendo. Creo que a veces uno sabe que no quiso lo suficiente o, en cualquier caso -por ponerlo de otra manera-, los padres nos superan en amor casi siempre. Queda todo, y nos queda lo más importante: nos encontraremos en el Cielo si Dios quiere.

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