Miércoles, 16 Agosto, 2017

No es la comida, sino la materialización del amor


pavel1A Pavel Florenski se lo cargó Stalin porque era un tipo sospechoso. Le hicieron un severo correctivo en la Lubyanka y más tarde pasó a la Siberia Oriental, donde los trabajos y los fríos le robaron la vida. Era monje ortodoxo, artista y científico. Le denominaban el Leonardo de Oriente. Tantas credenciales inusitadas eran carne de cañón de matadero, y más en los tiempos de la sospecha hacia los “enemigos del pueblo“, de por sí perniciosos y contrarrevolucionarios.

No quiero referirme en estas líneas a la biografía del hombre de quien Benedicto XVI habló antes de renunciar a su pontificado en una de sus audiencias generales. Pero este cronista, que se considera ya amigo connatural de Florenski, exige de quien le lea que se ponga a buscar con entusiasmo alguno de sus libros, si quiere saber más cosas de su propia alma. Aquí repararé sólo en una escena, una imagen que quiero que se detenga a la luz del análisis, y que hallé en “La sal de la tierra“, la biografía que Pavel escribiera sobre el staretz (maestro o guía espiritual) Isidor, un monje al que conoció, y al que debió la “impresión de realidad” de entrar en un mundo profundamente espiritual.

Pavel2El libro es el reconocimiento del hijo engendrado a Cristo por un anciano que vivía para la oración y el servicio. Me detengo en el capítulo en el que se nos habla del staretz Isidor como anfitrión de huéspedes. Estar a su mesa, escribe Pavel, no trataba sólo de aceptar una invitación a acomodarse a su lado, era toda una materialización del amor, “todo lo que él puede tener lo recibe de los huéspedes“. Lo que Isidor poseía, provenía de la conversación de quien invitaba a comer. “Cuando el Espíritu Santo está presente, entonces también mi mobiliario y mi confitura son buenos, y cuando no está, nada sirve“. Isidor miraba de una forma nueva, echaba por tierra todo convencionalismo existente porque “miraba con ojos de eternidad“.

pavel4Añade Pavel, “aniquilaba todo en el interlocutor, en el sentido de que lo hacía descender de la altura de la autocomplacencia humana, y lo ponía a ras de tierra, arrojando al fango toda fatuidad“. Y era un hombre dispuesto a dejar algún regalo en su interlocutor, “la pasión de regalar“, de la que habla Pavel. No dejaba vacíos a sus huéspedes, aunque pusiera en sus bolsas rábanos o pepinillos. Hay en este breve capítulo un brevísimo tratado de la dignidad del hombre en torno a la mesa.

Nosotros, que andamos a diario con compromisos culinarios, deberíamos leer con provecho estas breves lecciones.

Javier Alonso Sandoica

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