martes, 17 octubre, 2017

El principio del honor y la corrupción generalizada


Por un artículo de Henry Kamen, llevo un par de días como con un dolor de astilla en el dedo. No sé cómo quitármelo, y por eso escribo de una vez. Apareció el 1 de marzo en El Mundo, se llamaba “Honor y corrupción“. Desde las homilías siempre aconsejo escribir las propias reflexiones. No hay nada más humano que ponerle patas a los brillos fugaces de la intuición. Además, quien escribe lega, deja un regalo propio a la posteridad. Como Ortega en sus “Meditaciones del Quijote“: “Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no siente la necesidad heroica de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia“. Volcar claridades…

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Resumo a Kamen. La confianza en el “principio del Honor” en lugar de en la ley, es una de las características fundamentales de la sociedad mediterránea. El honor funciona en nuestro entorno mediterráneo como un sustituto de la ley. Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia son países poco corruptos porque en ellos creció una cultura de jueces, policías y auditorías, no el ejercicio del honor. Kamen dice que como el honor ha dejado de ser moneda corriente, la corrupción nos ha vencido.

Yo soy un defensor del principio del honor porque de él pende todo lo que huele a humano, como el matrimonio y todas las grandes vocaciones que nos han hecho crecer. El honor nace de un principio de libertad, una firma no hace más seguro el nudo de un pacto, porque detrás de mi palabra revelo mi yo coleante. Todo yo me la juego en lo que afirmo. La palabra actúa como la forma del alma, es su revestimiento. El “por mi honor” lo explicaba muy bien Calderón en un ensayo sobre el teatro, “es la fuente de la que mana la valentía, la lealtad y la honestidad”

A mí esa cultura de la auditoría septentrional, me parece que nace con vicio de desconfianza en el hombre. El pensamiento mediterráneo católico no le pone coto al hombre porque sabe que, a pesar de todo, somos gente de fiar. Tan es así que Dios se la jugó por mí y está dispuesto a poner su corazón sobre la mesa. Lo suyo no fue un tratado con asteriscos y letra pequeña, “te entregué mi corazón y eres tú quien mueve ficha”. Así se entienden los que van sin velo. El honor es técnicamente una cualidad del alma por la que un hombre se conduce con arreglo a principios fundantes.

Lo malo es que sí en una sociedad, el hombre pierde esta libertad de decirse enteramente en su palabra, se pierde a sí mismo y sobreviene la corrupción. No hemos nacido para el control y la auditoría, sino para la libertad. Pero si nos pudrimos con el engaño, se nos envenena la libertad. No es cuestión de un macizo de leyes, sino de un cambio moral.

Javier Alonso Sandoica

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