sábado, 16 diciembre, 2017

La ideología como coartada y El Rey Desnudo de la fábula (y II)

La ideología como coartada y El Rey Desnudo de la fábula (y II)

Una actriz, un guionista, un escritor, son seres humanos que, como todo hijo de vecino, quieren trabajar. Y algo más, en este caso muy significativo e importante: quieren el aplauso, la aprobación de los demás. Y lo suelen necesitar más que el común de los mortales.

La ideología como coartada y El Rey Desnudo de la fábula (y II)




La necesidad de sentirnos parte de algo, aceptados, es tan humana, que no hace falta más que ver Facebook para corroborarlo.


Y algunas personas del mundillo artístico son terriblemente sensibles a la aceptación de los demás; la de quien les dirige o selecciona, para empezar; de sus propios compañeros o equipos, cuando ruedan o hacen teatro; del público en general, en definitiva y al final. Unen a menudo así una supuesta seguridad en sí mismos con la terrible debilidad de fondo que les da tener que sentirse constantemente aceptados. Todo esto dicho en su descarga.

aplausoEn este panorama artístico y cultural, netamente español, del que escribía la semana pasada, es posible, y hasta es lo más probable, que sea difícil  disentir, decir un simple “no estoy de acuerdo” o “no lo tengo claro”,  cuando algunos “artistas” en bloque –y a menudo en masa, insisto- parecen pronunciarse sobre algo públicamente. Otra cosa es cuando individualmente, sin focos ni cámaras, se habla con las personas cara a cara.

Nota a pie de página: una entrevista que va a ser publicada es pública siempre. Otra cosa es lo que te diga alguien a ti solo, sin focos ni grabadora, de tú a tú y en confianza. Reitero que, sacados del grupo  y de la exposición pública, todas las personas solemos ser más auténticas y decir más lo que realmente pensamos.

Una actriz, un guionista, un escritor, son seres humanos que, como todo hijo de vecino, quieren trabajar. Y algo más, en este caso muy significativo e importante: quieren el aplauso, la aprobación de los demás. Y lo suelen necesitar más que el común de los mortales.

Necesitan para empezar generalmente formar y sentirse parte de un grupo, de un equipo, al hacer una película, al montar una obra de teatro, etc. La creación inicial debería ser siempre un proceso solitario, de trabajo interior en silencio, pero el resto, lo que sigue a ésta, ya no lo es tanto. Y al final, muchos “artistas”,  que van a menudo de independientes, pecan justamente de lo contrario. De hecho, la gran mayoría, por el tipo de proceso que conllevan hoy algunas formas artísticas o de entretenimiento–cine, tv, teatro -, son mucho menos independientes que antaño. Incluso algunos no lo son absolutamente nada.

A todo eso se suma que la maquinaria mediática les devora, nos devora. Hoy todo tiene que ser con focos y a lo grande. Y en este campo, como sucede en otros, confundimos calidad con cantidad, y cierta forma de reconocimiento externo (que nos conozcan, que nos contraten, que hablen de nosotros…) con estar haciendo bien las cosas.  Se confunde así estar en la gran palestra mediática y, sobre todo, en el meollito de quienes parecen cortar el bacalao –productoras, cadenas de TV, editoriales, galeristas, críticos, etc.-, con ser un buen actor, escritor, músico, pintor o cantante.

La necesidad de sentirnos parte de algo, aceptados, es tan humana, que no hace falta más que ver Facebook para corroborarlo. Y algunas personas del mundillo artístico son terriblemente sensibles a la aceptación de los demás; la de quien les dirige o selecciona, para empezar; de sus propios compañeros o equipos, cuando ruedan o hacen teatro; del público en general, en definitiva y al final. Unen a menudo así una supuesta seguridad en sí mismos con la terrible debilidad de fondo que les da tener que sentirse constantemente aceptados. Todo esto dicho en su descarga.

¿Qué pasa? Que como seres humanos todos somos limitados. Y que la cobardía, la comodidad, la timidez también –todo es posible- o el no querer salir del rebaño o del establo al que uno está acostumbrado, hasta el desear simplemente trabajar a cierta escala, son argumentos que pueden explicar en ese entorno cómo está el   patio  y que nos den la vara algunas personas del medio cinematográfico, televisivo, etc. con sus posiciones políticas esgrimidas a modo de sermón o proclama, dándonos lecciones, vamos. Un “testimonio” que no nos hace ninguna falta y que suena a veces muy poco auténtico y un soberano peñazo.

 No son todos, pero son los que hablan y a quienes prestamos atención. Los demás callan. Pocas voces disidentes se oyen, aunque haberlas las hay, especialmente en privado.

Un caso de nada: ¿alguna vez en el Festival de cine de San Sebastián alguien ha condenado al terrorismo, ha mencionado el sufrimiento de las víctimas, al recibir un premio o al darlo, etc.?  Y mira que han sido años: pues ni una palabra,  ni oficial ni individual, nada. ¿Por qué?: cobardía, comodidad, timidez, querer trabajar y no salirse de la tribu, de la manada. Y es que hay cosas que cuestan y hay otras que son gratis y encima consigues que hablen de ti otro par de semanas.

En resumen: nada nuevo bajo el sol.

Por eso, yo simplemente creo que lo más fácil sería reconocer que, vestidas con un Dior o de David Delfin, con joyas de Carrera y Carrera –por supuesto todo esto prestado-, con un Goya en la mano o rodando en Hollywood, muchos reyes están desnudos y tiritando. Y que, por falta de luces, por la debilidad humana, o preferentemente por ambas, como a todos nos puede pasar, algunos parecen servirse más que de una ideología,  hoy vaciada, de una sarta de eslóganes fáciles y lugares comunes para seguir dándonos la vara y caer bien a los de su supuesta tribu, más bien manada. Mientras otros muchos simplemente callan.

La verdad es que si te paras a pensar da bastante lástima.

Aurora Pimentel

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