Jueves, 17 Agosto, 2017

Diagnóstico


Foto: Gonzalo Arroyo

Foto: Gonzalo Arroyo

Me di cuenta cuando nevó, esa mañana. Me sigue pareciendo una tontería, pan y circo – bueno, circo, ahora que casi no nos queda pan. Un griterío sin cabeza, sin capacidad crítica, todos a una. Los minutitos de odio, que poca falta nos hacen, el encono contra Los Otros, sin merecer Los Otros nuestro encono. Es más, azuzado por los que deberían llevarse nuestro abucheo, los verdaderos causantes de nuestra indignación. Por eso no sé qué me pasa.

Me di cuenta esa mañana, ¿te acuerdas? Que nevó hasta en Madrid. Entré un una cafetería normal porque no había locales hipsters entre los que elegir. No hice siquiera checkin, ése era el nivel. Con mi cruasán mixto aún humeante entró un mozo. El dueño y la camarera salieron a darle la bienvenida;  “¿Qué?”, y en sus sonrisas estaba el resto de la pregunta cómodamente, sin tener que esforzarse en salir. Se iluminó el mozo caja en mano, abrió la sudadera y señaló un escudo debajo. El bar era uno, no vi por ningún sitio el ceño fruncido propio de una mañana nevada de lunes. Si escuchaba con atención, respirando bajito, podía oír un griterío formado por la alegría de todos esos señores, viniendo de un lugar lejano y muy profundo, aún puedo recordarlo: “WEEEEEEEEEE”. Y yo, que nunca hablo con extraños, que me pongo muy seria y muy recta en los taburetes del bar para evitar la pesadilla del joven adulto postmoderno: dar conversación, me giré hacia el mozo, sonreí con su gesto y algo dentro de mí bramó también “weeeeeeeeeee”. De repente fui de barrio, amiga de estos vecinos tan campechanos y, con la sonrisa que llevaba paseando desde las siete, me cerré bien el abrigo para salir a la nieve.

Me di cuenta al levantarme, que había ganado. Yo, que no había hecho nada más que sentarme en el borde del sofá, que sufrir con el retraso de la retransmisión 2.0, que ponerme de pie de un brinco y luego ahogar el grito mirando el transistor del bebé por si le había despertado con el gol de Varane. Yo, que me reía del amor a los colores de quien se compra y se vende, veo nevar y pienso en una justicia poética que cubre de madridismo la ciudad el día después. Avergonzándome el minuto posterior. Pero recordando la nevada como “nuestra”.

Será un año falto de alegrías comunes, será la contaminación anímica de las malas compañías tuiteras, una banda clandestina que te conquista en dos asaltos, serán Gistau y Jabois viendo en Mourinho la actitud vital antídoto al buenismo tramposo, será el Bernabéu justo detrás de los ultras, entre la euforia y el miedo por la propia integridad. Me ha pillado completamente desprevenida, lo admito.

Me di cuenta esa mañana pagando el café. Tengo fútbol, ¿es grave?

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Tal vez esté usted, sin advertirlo, representando la quintaesencia del adulto postmoderno con su incursión en la manada. Cuide bien la perspectiva o podría pasar a ser socio de número, adulto adolescente.

    Felicidades por el texto.

  2. Padezco de idéntica afección y con una etilogía similar.
    Creo que sufrir de fútbol es un modo de reivindicar el desparpajo y la vuelta al patio de colegio, a reir con más ganas y a la postre una se vuelve más productiva en todo porque comprendes y diferencias el vértigo de lo irracional de a ratos para poder volver a la realidad con una mayor capacidad de sosiego. Y la Décima a las puertas, madremía.
    Un saludo.

  3. Sufres de pérdida de personalidad grave por arrastrar todos los tópicos habidos y por haber de cuatro tuistars que creen sentar cátedra entre la manada con sus palabros de muy breve caducidad. Tanto postureo, ola k ase, hamor y demás sandeces que, una vez y de una sola persona, pueden tener gracia en su momento, pero que adoptada por tanto seguidor impersonal, cansan. Y ahora el fútbol, al que te haces para no quedarte fuera del grupo cerrado. Ha sido fútbol, pero podía haber sido cricket. Lo que tus tuistars manden. Que ya sois mayorcitos.

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