martes, 19 septiembre, 2017

Imposible superar la tentación de volver a ver a Inocencio X


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Si eres una criatura ansiosa, en tres horas en Roma no solucionas grandes expectativas. Yo desde que cumplí los cuarenta ya no me tomo la vida como una cacería inglesa, en la que si no acabas el día con el zorro en la canana eres un desgraciado. Simplemente salí del hotel a rezar. Entré en la iglesia Valdese de la piazza Cavour por un lateral, y me encontré con quince matronas italianas mirándome con rencor. Acababa de interrumpir una reunión sobre Caravaggo que una jovencísima profesora de arte impartía con desgana. Me excusé en mi italiano de siete lecciones y volví a la calle.

El postulador de la causa del beato Alonso Pacheco me abordó en plena marcha y me regaló una estampa. La he puesto en la mesilla de noche de mi habitación. De verdad, no conocía a Alonso Pacheco, y en Internet sólo te cuentan las fiestas en su honor y las calles que llevan su nombre.

Cruzo un Tíber difunto, donde ni las gaviotas se acercan al filo de sus aguas por el frío. Entro en iglesia de San Marcello y suena un órgano de lejos. Es de esa clase de iglesias barrocas donde la mirada no descansa, no hay vanos, ni huecos, ni zonas calvas, todo sigue el enredo de la jungla. En frente, en la Via del Corso, está la mansión de los Doria Pamphilj. Imposible evitar la tentación de volver a ver al Inocencio X de Velázquez. Sé que esa mirada que muestra una agitación interior inusitada, pilla siempre desprevenido al visitador clandestino.

El palacio es de lo mejorcito de Italia en calidad de colección artística. A mí los príncipes renacentistas me producen lástima. Como todo ser humano enamorado de la colección, del número, de la dedicación por el recuento, tamaña aplicación estéril deja vacía las almas, a merced de una dolorosa melancolía. Es normal que Etty Hillesum, la intelectual judía que muriera en Auschwitz, pidiera a Dios sabiduría más que conocimiento. Mucho conocimiento atropella, la sabiduría pone luces, un norte hacia el que poner los ojos. Eso le pido yo también a Dios, que me regale deseos de quedarme detenido en aquello que ensancha el alma. Como delante de la Maddalena Penitente de Domenico Fetti. Hay tanto silencio en la mirada de esa Magdalena ante la calavera, que provoca una súbita suspensión de ruido y una leve oración. Esas detenciones las expresaba muy bien San Juan De la Cruz en sus poemas, “cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena, en mi pecho hería...”

El cuadro de El descendimiento de Vasari es otro momento de oración imposible de evitar. La mirada del Cristo muerto, clavada en vertical sobre su madre desvanecida, es de esos momentos asombrosos en la historia del arte. Fui a rezar por fin a la iglesia de Sta. María in Via Lata. Una monja casi centenaria me miró con ojos de enamorada de su señor y me dio las buenas tardes.

Son hermosas las sorpresas en Roma.

Javier Alonso Sandoica

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