martes, 17 octubre, 2017

La ideología como coartada y el rey desnudo de la fábula (I)

La ideología como coartada y el rey desnudo de la fábula (I)

Una parte de los profesionales del cine, del teatro, de la televisión, algo menos quizás del mundo literario o musical o de las artes plásticas, utilizan la ideología como pantalla, un “argumento” constante para darnos la vara al resto de los mortales

La ideología como coartada y el rey desnudo de la fábula (I)




En gran parte de dichos ambientes se dan por sentado dos cosas: una, que eres “de izquierdas” –sea lo que sea eso hoy, que lo tengo poco claro -; otra, que eres anticatólico militante, dato éste hoy básico en nuestro país.


Creo que se aprende muchísimo con el diálogo, no con los debates de televisión y a ver quien calla al otro, sino uno a uno, cara a cara, en privado, preferentemente con un buen vino delante.

cineLa resaca de los Goya no se pasa en un par de días, leo en alguna parte. Y es cierto. Son ya muchos años de tener que aguantar a quienes esgrimen su supuesta ideología como coartada.  Suelen ser unos auténticos pelmazos y tienen a menudo una cara dura formidable.

Una parte de los profesionales del cine, del teatro, de la televisión, algo menos quizás del mundo literario, musical, o de las artes plásticas, utilizan la ideología como pantalla, un “argumento” constante para darnos la vara al resto de los mortales.

He escrito “una parte” porque creo que pueden ser pocos los que lo hacen, quienes llevan la voz cantante. Pero eso sí, reciben una atención mediática fantástica de todos lados. Este mismo artículo y el siguiente es prueba de ello. Quizás el silencio sería una mejor contestación a tantísima chorrada.

Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta, ni tampoco ninguna escuela de cine o teatro. Ni un Goya, ni un Oscar, vaya por delante. Es una posibilidad que también cabe: el sentido común es hoy realmente raro.

Comenzó en los años 60 esa labor de zapa que ha calado popularmente, en nuestro imaginario, la idea de que “el mundo del arte y la cultura”, así dicho en grandes palabras –lo cual es incorrecto, hay personas concretas, nunca colectivos ni masas-  se identifica con posiciones políticas, denominadas en lenguaje ya obsoleto, “de izquierdas”, “progres” en otros lares. Aunque a mí me parece que realmente esa etiqueta, como todas, se puede quitar tan rápido como las que ponen en las verduras y frutas: separas fácilmente ese adhesivo y queda lo que es, naranja, tomate, plátano…  La apariencia y sobre todo el sabor. Cuando muerdes algo con ganas el sabor no te engaña, diga lo que diga el papelín pegado.

Según esa labor, bien hecha y orquestada, se supone que en el mundo artístico, cultural, todos comulgan con una ideología determinada. Quienes han ido, pongo por caso, a un taller literario, a una escuela de cine o de teatro, en fin, a cualquier foro de formación en artes en España los últimos 25 años, saben bien de lo que hablo, con algunas excepciones contadas.

En gran parte de dichos ambientes automáticamente se dan por sentado dos cosas: una, que eres “de izquierdas” –sea lo que sea eso hoy, lo tengo poco claro, ver más abajo-; otra, que eres anticatólico, dato este hoy básico en nuestro país.

Nótese bien que no he dicho ni ateo ni agnóstico. Digo anticatólico, con militancia.

Ser anticatólico es hoy casi más significativo que ser de izquierdas en líneas generales. Más que nada, porque lo de ser de izquierdas se ha vaciado de propuestas concretas y se ha sustituido por esgrimir consignas que se pueden corear muy bien y que se extienden por eso muy rápido. La izquierda infantil o caviar, es lo mismo o tanto monta, monta tanto…

Tengo la sensación de que hoy puede ser de izquierdas cualquiera, que está tirado, que no cuesta nada. Así que, al final, gran parte de la sustancia que le queda a la supuesta progresía –más allá de los eslóganes – es el odio a la religión católica, una aversión casi patológica que palpas en persona: a algunos les salen literalmente espumarajos por la boca.

Pero hay que tomárselo con serenidad. Detrás del supuesto odio militante hay malas experiencias, otras veces simple ignorancia, las más soledad, a menudo curiosidad, y a veces todas esas circunstancias. Sacados de la manada las personas solemos ser mejores y hablar con más calma, sin necesidad de atacarnos.

Creo que se aprende muchísimo con el diálogo, no en proclamas o en debates de televisión y a ver quien calla al otro, sino uno a uno, en privado y cara a cara, preferentemente con un buen vino delante. De eso irá la segunda parte.

Aurora Pimentel

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