Viernes, 23 Junio, 2017

La danza


Paco Ojeda, ganador del I Premio Nacional de Tauromaquia / MAURICIO BERHÓ

Paco Ojeda, ganador del I Premio Nacional de Tauromaquia / MAURICIO BERHÓ

Esperaba que fuera grandiosa y que el rugido del público llenara el espacio como si del Bernabéu se tratara. Que en ella cupieran Gladiator, Hemingway y Adrian Brody; la esperaba en gran angular. Sin embargo se distinguían las palabras pronunciadas al otro lado de la plaza; no había espacio para convertirse en masa informe, cada asistente mantenía su identidad frente a la arena. Entendí entonces que lo que iba a ver en Las Ventas era un espectáculo para los ojos y no para la pantalla, a escala humana, de cuando el momento era únicamente para los que estaban. Esa cercanía analógica, con el torero al alcance de la vista y el toro torpe, enfurecido y mortal me hizo sentir corresponsable de la suerte de ambos: juntos escaparíamos de la muerte ensangrentados y caeríamos humillados o aplaudidos en la arena roja. Pocas veces he tenido esa sensación de formar parte de algo decisivo.

“¿Pero estás en contra o a favor?”, me pregunta il marito mientras preparo el artículo, charlando con él, como hago con todo lo que me importa. “Precisamente.”

Estuvimos allí, los dos, aquella tarde, con las entradas regaladas por mis padres como parte de la bienvenida a España. Toreaba un francés demasiado guapo para morirse esa tarde y uno de los toros arrancó el puro a un caballero al otro lado de la plaza, con grande regocijo por nuestra parte. Il marito salió antitaurino, yo salí hecha un mar de dudas.

El primer toro entró muerto de miedo. Quería volver. Al toril, a la dehesa, al vientre de su madre, al no ser. Como cualquiera de nosotros si nos encontráramos frente a nuestro asesino, rodeados de una multitud atenta. Así que todos sufrimos cada paso del torero hasta la penosa muerte – después de varios remates – del animal. Il marito se removía en su silla y en su historia renacentista, ajena al sentimiento trágico español. El segundo toro vino con ganas y le faltaban toreros a los que embestir. Todo cambió, la plaza entera respiraba al ritmo del capote y la lucha de gigantes era más que un espectáculo, era algo real.

Y precisamente es eso lo que no me deja ser antitaurina, como la razón me indica – espero me perdonen los amigos – que es la opción natural en este siglo compasivo, por fortuna. Los animales mueren para alimentarme y vestirme, pero no lo celebro y no asisto a su dolor lento.

Sin embargo, un poeta o un filósofo – gente que estudia carreras que no sirven para nada y que en breve desaparecerán – saben que la razón no puede andar suelta haciendo y deshaciendo por cuenta propia. Que la belleza inexplicable que nos conquista a nuestro pesar nos descubre humanos; y divinos, si me lo permiten. Por eso agradezco que no esté en mi mano decidir sobre el toreo. Porque es el único espectáculo real al que nosotros, pobres occidentales en perenne distracción, podemos asistir. A veces lo es el deporte, despojado de la prensa rosa o la ciencia ficción con la que se pretende convertir en algo más televisable.

Pero en el toreo no hay escapatoria posible: la vida o la muerte ante tus ojos, con ritos antiguos como el miedo a morir. Con ritos paganos, sí, para exorcizar la muerte, pero al menos la tienen en cuenta. Mejor la danza con parca que el presente continuo de la publicidad.

Guadalupe de la Vallina

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