sábado, 21 octubre, 2017

Bruckner y sus apuntes misteriosos de lo divino


BrucknerLa semana pasada anduvo por nuestro país la prestigiosísima Royal Concertgebouw Orchestra, a cuyo frente se halla Mariss Jansons. El programa era muy atractivo, “Muerte y transfiguración” de Strauss y la famosísima Séptima de Bruckner, una música que ha sonado de fondo en un millar de películas, como en “Senso” de Visconti, donde una atormentada Allida Valli en traje de época va recorriendo a lágrima viva los puentes de Venecia.

Todos los periodistas, cuando entrevistan al célebre director de Riga, le preguntan por su estado de salud, algo que debe irritarle enormemente, porque es como si no hubieras hecho otra cosa en la vida más que enfermar. En 1996 estaba dirigiendo el último acto de La Boheme y de repente un infarto fulminante lo arrojó al suelo, desde allí siguió dirigiendo y pidió que lo dejaran en paz. Jansonss fue asistente de Karajan y es un intocable de la música, todos le tienen rendida veneración.

Dirige con sobriedad, no es atildado y cuida los pasajes de los grandes maestros como si fueran hijos criados a sus pechos. En la rueda de prensa previa al concierto, dijo que el espíritu debería estar mucho más en armonía con lo material, pero no es precisamente lo que está pasando en nuestro tiempo. “Nos falta esa armonía entre ambos lados del ser humano, en nuestro tiempo hemos perdido el contacto con el alma”.

Mariss-Jansons-001Dirigió a Bruckner maravillosamente excepto en su segundo movimiento, el célebre Adagio, que lo transmutó en un inesperado Allegro, privándole de su enigmática intensidad y regalándole una gélida capa de escarcha que la música no merecía. La personalidad de Anton Bruckner es de un interés mayúsculo para el melómano. Era un hombre de una profunda espiritualidad, un católico convencido que invitaba a sus alumnos a rezar el Angelus a las 12 del mediodía, en plena clase. Un artista inseguro de su arte, pero un genio. La Novena sinfonía, lamentablemente inconclusa, se la dedicó a Dios, y no puedo privarme de recomendar al lector la escucha de su tercer movimiento si quiere intuir, desde esta noche oscura, acentos del más allá.

Sienta mal que Hitler fuera devoto de Bruckner, quiso incluso convertir su ciudad natal en lugar de peregrinación. Bueno, ya lo es, pero no por dictados ideológicos, sino porque en Bruckner hay apuntes misteriosos de lo divino

Javier Alonso Sandoica

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