Viernes, 23 Junio, 2017

Ciega fe


Foto: Alessandro di Meo / EFE

Foto: Alessandro di Meo / EFE

El once de febrero a mediodía escuchamos que Benedicto XVI renunciaba al papado. Los creyentes, digamos, standard – los que vamos a misa, bendecimos la mesa y leemos los textos del Papa desde hace años esperando su guía, sin ser nosotros de base ni nada de eso – vimos que un hombre que ya era anciano cuando recibió el cargo, había llegado al límite de sus fuerzas y, para que su debilidad física y anímica no dañara la institución que gobernaba, decidió dejar esa responsabilidad tal y como lo regula el derecho que rige su condición. Siendo también una persona creyente, se iba con la confianza de que, quien lo había elegido para el cargo, se encargaría a su vez de elegir un buen sucesor. Con la tristeza de perder al que había sido nuestro guía durante parte de nuestra vida y con la alegría de haber podido coincidir en la historia con una persona de extraordinaria valía humana, también nosotros encomendamos el futuro gobierno de la Iglesia a quien creemos que la guía. Esperando que, de nuevo, nuestro futuro papa sea capaz de llevar a cabo una de las misiones más ingratas en cuanto a poder se refiere (¿dónde están los papas retirados con piscina y jet privado?).

El agotamiento de Ratzinger y sus pocas fuerzas nos parecieron evidentes: ¿quién no estaría exhausto en su situación? Aunque un papado careciera de conflictos – y no es el caso –, la sola agenda asegura que el elegido pierda años de vida llevándola a cabo: viajes, audiencias, encíclicas, cartas, encuentros, misas multitudinarias, jotaemejotas, Ángelus, oficios y ni un minuto que llamar propio… aunque el rebaño fuera ejemplar – y no lo es –, pesa cada día trabajado para quien veinte años antes se habría jubilado de ser cualquiera de nosotros. ¿Y esa misma noche? Es verdad, cayó un rayo. Qué casualidad.

Y nada toca ni por un momento nuestra fe. Benedicto, hombre ejemplar en una religión de lo encarnado, se comporta como tal, con la mirada puesta en lo divino. Como siempre ha hecho. Como intentamos hacer nosotros.

Los medios nacionales, las firmas de quienes siempre han puesto peros a la Iglesia, tanto en papel como en timeline, han visto sin embargo muchas más cosas que nosotros. Han tenido la certeza de violentas guerras intestinas, climas irrespirables como si de un vestuario se tratara, decepciones a corazón roto, estrategias de desgobierno delegando en los obispos o, personalmente, mi favorito, dramática crisis de fe (¡tan unamuniano!). Algo tenía que haber detrás de la renuncia de un octogenario con múltiples problemas de salud. No podía ser tan fácil. “Anciano renuncia por comprensible agotamiento”, fin de la crónica. Añadiría: “podría sustituirle alguien más joven” pero ya muy a lo loco, por forzar un poco la noticia. Ven estrategias geopolíticas en las elecciones de un papa que nadie quiere ser – signo inequívoco de inteligencia – y que nadie acertará: al tiempo. Y algunos adivinan, y esto es fantástico, un signo de los tiempos en el rayo de la cúpula de San Pedro. Un milagro, un prodigio, la ira de Zeus, el cielo abierto ante la cobardía del papa. Que renuncia en vez de inmolarse, tan cobarde como aquél que no se inmoló en vez de renunciar.

Lo gracioso de todo este asunto es que somos nosotros quienes ven cosas que no existen.

Guadalupe de la Vallina

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