viernes, 20 octubre, 2017

La grieta


Foto: El Mundo

Foto: El Mundo

Al principio me entró la risa a mí también. ¿Qué hace un ex presidente republicano, con fama de cowboy de brocha gorda, retratándose en la bañera? Con composiciones de tinte voyeur, para más regocijo de los internets. Y técnicamente pobre, aunque servidora no se atreve a juzgar el arte de hoy en día, cuyos criterios de calidad son el tercer secreto de Fátima. Pero, de repente, George W. Bush ha ganado un interés que nunca había tenido a mis ojos. El político rudo, con fama de cortas luces y justito de carisma, resulta tener una rareza. Esto abre un mundo de posibilidades, puede que tenga un mundo interior. Puede que incluso sea raro.

Descubrir el punto extraño de alguien impoluto, o anodino a pesar de ser el malo de nuestra película mundial, es un hallazgo maravilloso. No me malinterpreten, no colecciono frikismo ni sostengo que la verdad de un carácter resida sólo en lo oculto. Pero, a veces, por las rarezas respiran las biografías.

Dice Leonard Cohen que “hay una grieta en todo, es por donde entra la luz”. La grieta en la vida de cada uno, el punto que escapa a nuestro control, la extravagancia que intentamos ocultar (y no necesariamente por ser vergonzosa, sino por no encajar con quien querríamos ser) se convierte en el punto vivo de nuestra personalidad. Ahí libramos importantes batallas, ahí duele al terminar el día, ahí dejamos un silencio incómodo. Pase lo que pase en esa grieta, siempre es interesante y nos libra de creernos dueños de nosotros mismos. Incluso, en ocasiones, compartimos rarezas ocultas con toda la humanidad.

Por eso celebro los selfies de Bush en el baño que, lejos de hacer un Özil, se retrata los deditos de los pies, las arrugas de la frente, las canas de la Presidencia marchita. Casi parece que fueran intentos frustrados de mostrarse entero, después de tantas imágenes construidas a favor o en contra. Y quizás ese trazo torpe y la embarazosa elección del sujeto sean más reveladores que un desnudo integral que agradecemos se nos ahorre.

Puede que esto, una rareza no-guay, sea lo único que le falte a mi querido Obama para ser el personaje total. Pero hacernos sentir incómodos es mucho pedir para una comunicación ganadora hasta en los robados. La palabra precisa, la sonrisa perfecta y, en un cajón cerrado con llave, la grieta.

Guadalupe de la Vallina

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