Domingo, 23 Abril, 2017

El demonio en uno basta

El demonio en uno basta

Ese es uno de los miedos que nos civilizaron, el miedo a uno mismo que nos hace controlarnos, identificar el mal como mal e intentar no hacerlo porque es eso: malo.

El demonio en uno basta




La posibilidad de hacer el bien, de repetirse en él, las virtudes, suenan hoy raras, pero es la otra cara de la moneda e igualmente importante.


El demonio nos hace matar la esperanza de que ser buenos, ser mejores, es una aspiración posible y deseable.

Parece de cuentos para niños, una  figura ya superada. Alguien que ahora es ya solo algo o una presencia difusa, el mal en abstracto. O, en su caso, al revés: una presencia que se dedica a hacer barrabasadas a modo de un duende simpático. Pero yo creo en el demonio, y sé que no es la noticia de la semana.

Desde la fe creo en alguien que me tienta, que se aprovecha de  mis debilidades, producto del pecado original, que hace que la inteligencia esté difuminada y no pueda ver con claridad lo que es bueno y lo que es malo. El mismo pecado que afecta a mi voluntad, y aún viendo dónde está el mal, me cueste adherirme a lo que veo como bueno y a veces no lo haga.

Mi creencia en el demonio tiene poco que ver con exorcismos, aunque no dejo de creer que los haya, ni con posesiones, que también creo que las hay. Es más de andar por casa. Es un miedo más cercano y por eso más difícil en el trato diario.

Me parece que hoy hay muchas películas de terror precisamente porque nos quedan pocos temores reales. Y necesitamos  del miedo, el miedo a algo. Hoy simplemente lo canalizamos a lo bestia chillando en una butaca de cine mientras sale el zombie de turno o la casa encantada. Porque hemos tapado un miedo sano, ese temor no al diablo en sí, sino a hacer el mal, a portarnos mal, sabiendo que el mal es reprobable y que somos capaces de hacer daño, de hacernos daño.

Ese es uno de los miedos que nos civilizaron, el miedo a uno mismo que nos hace controlarnos, identificar el mal como mal e intentar no hacerlo porque es eso: malo.

Creo por tanto que la figura del diablo, en la medida en que se niegue o se le otorgue un poder que no tiene –porque Dios es mucho más fuerte y más grande-, tiene el camino asegurado.

Creo que el mal existe. Creo que existe y no es achacable a una fuerza difusa que se contrapone al bien, sino precisamente a la ausencia de bien. Por eso es importante creer en que existe lo bueno, lo mejor  y hasta la santidad. En todo hay grados. Me parece que las sociedades que niegan esa excelencia por encima de todas, que es la bondad, y en última instancia la santidad, tienen su destino marcado.

Todo esto se libra internamente, en el alma de cada persona, sabiendo que uno es capaz de maldades. Con fe y sin fe. Mentir, robar, criticar, sembrar cizaña, ir uno a lo suyo sin importarle un guano los demás, la rabia, la venganza, la vanidad, la pereza, al final los pecados capitales existen. Y cuando los negamos derivamos en un estado de caos (estado con minúscula en este caso).

Efectivamente el Estado no puede pronunciarse ni debe entrar en el terreno de la aspiración moral como hacía la Constitución de 1812, aquel deseo que los españoles fueran justos y benéficos. Pero el tejido donde se inserta el marco legal, la sociedad, es antes que el Estado.  Lo que en ella haya dice mucho y más que el marco legal. Es como los códigos éticos corporativos: no digo  que no  sea adecuado establecer un marco en las empresas para decir si puedo o no aceptar un regalo de más de 30 euros. Pero antes, antes, está otro “apartado”: hay bien y hay mal, y dentro del bien y del mal hay grados.

La posibilidad de hacer el mal no es algo que atañe a otros, sino que está dentro de cada uno. La norma que reglamenta o penaliza es secundaria. La posibilidad de hacer el bien, de repetirse en él,  las virtudes, suenan hoy raras, pero es la otra cara de la moneda e igualmente importante.

freddyEl demonio tiene bastante no con que neguemos su existencia –que la negamos-, sino con que relativicemos lo que es bueno y lo que es malo, con que hagamos opaca tanto la virtud como el pecado. Desde la fe lo veo claro, desde lo laico es evidente que la relativización moral y la negación de la excelencia o el igualitarismo (todo es igual, no hay grados de buenos o malos) han hecho bien su trabajo de zapa.

El demonio es un abogado que se entretiene en juegos malabares de palabras, en poner nombres que suenen mejor para el jurado y para el imputado.

El demonio es toda una cultura que nos hace comulgar con ruedas de molino y pensar que el mal, de existir, está fuera, que la batalla no se libra dentro de cada uno y en cada instante.

El demonio niega la excelencia de quien se afana en el bien y en hacerlo de manera constante, tapa la virtud, no permite que se la nombre o se la reconozca.

El demonio nos hace matar la esperanza de que ser buenos, ser mejores, es una aspiración posible y deseable.

Aurora Pimentel

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