miércoles, 22 noviembre, 2017

David Foster Wallace y el tatuaje de Lesya


tatuaje--478x270Me imagino que a estas alturas conocéis la abracadabrante noticia de la chica que se ha tatuado el nombre de su novio en la cara, pero es que no hacía ni 24 horas que se habían visto por primera vez. Si ya tatuarse la cara es la consecuencia de una distorsión de la personalidad, sin duda, hacerlo por un tío al que llevas tratando unas horas, añade trastorno al entuerto. Pero a Lesya, la ahora lesionada Lesya, le ha dado igual, y así se nos ha quedado (véase foto). Según ha informado el “MailOne”, la chica ha añadido “es un símbolo de nuestra devoción eterna. Además, me gusta tatuarme cada centímetro del cuerpo”.

the_last_days_of_david_foster_wallaceComo soy de los que subrayan mucho las novelas y aún no he terminado “La broma infinita” de David Foster Wallace (y me apetece demorarme en una de las grandes piezas narrativas del siglo XX), tengo muy iluminada la página 237 de la edición de Mondadori (son páginas iniciales, la historia circula hasta la 1.200). Allí el maestro norteamericano hace un repaso a la práctica del tatuaje. No comento ni gota, sencillamente os lo paso.

la broma“Los tatuajes, casi siempre hechos por impulso, son vívida y escalofriantemente permanentes. El manido dicho “si actúas sin pensártelo, te arrepentirás durante mucho tiempo”, parece casi hecho a medida para los tatuajes. (…) Irrevocables una vez que los tienes, y eso es, por supuesto, la irrevocabilidad, lo que sacude la adrenalina de la decisión intoxicada de tomar asiento y hacerse uno (un tatuaje), pero lo escalofriante de la intoxicación es que parece hacerte considerar nada más que la adrenalina de ese momento, y no (al menos en profundidad) la irrevocabilidad que produce la adrenalina. Es como si la intoxicación no permitiera a los tatuados proyectar su imaginación más allá de la adrenalina del impulso, y ni siquiera considerar las consecuencias permanentes que está produciendo el zumbido de la excitación. (…) Finalmente, después de un par de semanas de obsesión, Pequeño añadió otra categoría a su dermotaxonomía, los motoristas. Estos tíos son un verdadero festival unipersonal del tatuaje, pero cuando te los muestran son desconcertantes, porque lo hacen con ausencia completa de reacción, como si te mostraran una pierna o el pulgar, no muy seguros de por qué quieres verlos o ni siquiera de qué es lo que estás viendo. (…) La opinión personal de Ewell es que los tatuajes carcelarios, son más grotescos que fascinantes, que no parece que hayan sido motivados por una decoración impulsiva o una autopresentación, sino más bien por una automutilación hija del aburrimiento y de un general desprecio por el propio cuerpo y por la estética de la decoración”.

Javier Alonso Sandoica

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