miércoles, 22 noviembre, 2017

No sabe / no contesta


foto: Alberto di Lolli

foto: Alberto di Lolli

Aunque fuera mentira, merecíamos otra cosa. No un sarcasmo del Presidente de la nación, un “sí hombre” a los gamberros que vienen a molestar a los mayores. No una cabeza parlante, a mil kilómetros de distancia de los votantes, no sea que se eche a perder un discurso tan bien escrito por responder a unas cuantas (¿cómo se llamaban…? ah, sí, preguntas). No una encendida defensa del honor de un entrañable registrador de la propiedad atrapado en el alocado mundo de la política, sin explicación alguna sobre los papeles apócrifos – y, sin embargo, quizás milagrosos por su aparente generación espontánea. Todo adornado, cubierto, sepultado bajo kilos de confeti que nadie ha encargado.

Y aunque fuera verdad, y el gobierno del PP se deslegitimara, merecemos alternativas reales. No partidos que, después de perder el poder, no han cambiado nada que les haga merecedores de una segunda oportunidad. No formaciones cuyo único programa sea no ser corruptos. Al menos, merecemos que se disimule la alegría de quien se encuentra entre las manos un error del contrario tan grave como los suyos, pero más reciente. Y periódicos que tengan el detalle de revelar si el Gran Escándalo de la temporada se basa en documentos originales o fotocopias recién llegadas de la sala de operaciones de Chávez.

¿Qué merecemos? La verdad. Pero la verdad, aunque fuéramos capaces de soportarla, no sabríamos reconocerla. Quizás la tengamos delante, enmarañada en la masa pegajosa de exclusivas envenenadas. Quizás la miramos sin reconocer su gesto de angustia. Quizá nunca saldrá del lodazal en el que suele pasar las legislaturas.

Pero mientras la justicia lo intenta, los periódicos revuelven y los votantes esperamos con la dudosa certeza de quien espera la lluvia o el café en el campo, sí nos merecemos algo más. Un sí que sea un sí, un no que sea un no. Un Presidente que, además de dar su palabra, dé la cara – a su hora, no dos eternas semanas después, una vez que la sospecha se ha instalado cómodamente en el cuarto de invitados. El respeto por la legítima indignación de quienes sufrimos su falta de honestidad, si la hubiera, a lo largo y ancho de nuestra vida. La sana vergüenza de los políticos que han salido a explicar lo suyo no hace tanto tiempo y no con mucha más habilidad que los que ahora lo hacen – ese pudor que denuncia lo justo, sin erigirse en la encarnación de la rectitud. Que de esos, presuntamente, ya no nos quedan.

Guadalupe de la Vallina

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