Lunes, 26 Junio, 2017

Una vida nueva


Esperar

Esperar

Una de las razones que me llevan a dudar que el cine sea un arte es que se trata de una realización colectiva. Por más que el papel del libretista sea importante, con todas las reservas que se quiera las óperas son esencialmente obra del compositor, los cuadros de taller tienen un rango inferior a las obras en solitario, los poemas colectivos no dejan de ser un experimento sin tradición ni resultados importantes, las novelas escritas a dúo no han ingresado en la historia de la literatura. El caso de la arquitectura es menos claro, ya que multitud de edificios sin pretensiones artísticas son obra de estudios, y aun las obras más eminentes tienen multitud de elementos funcionales que son resueltos por equipos. Sin embargo la historia de la arquitectura es una sucesión de nombres propios que refrenda el carácter casi exclusivamente individual de esta rama de la creación artística.

Desear

Desear

Otra cuestión conectada con la anterior es que consideramos erróneamente el arte como la máxima expresión de lo humano, y situar una disciplina fuera del perímetro de lo artístico de facto equivale a una suerte de degradación, lo cual es notoriamente inexacto a la luz de los impresionantes logros de las ciencias, la medicina, las técnicas y las matemáticas, ramas del conocimiento cuyo papel en el progreso de la humanidad ha sido, es y será del máximo calado en el progreso y en la vida cotidiana. Por esta razón, el estatuto de lo artístico se amplía con frecuencia para acoger los más consumados ejemplos de maestría, se encuentre donde se encuentren.

Pienso en esta última acepción cuando considero una obra de arte el largometraje autobiográfico ‘Una vida nueva’, de la directora coreana Ounie Lecomte. La obra empieza presentándonos a Jinhee, una niña que vive muy ligada a un padre cuya cara se nos oculta. Los vemos a ambos disfrutando, montando en bicicleta, comiendo en restaurantes. Resulta magistral el recurso de centrar los planos en la niña, con independencia de que dejen fuera elementos esenciales. Un buen día el padre lleva a la cría a lo que en primera instancia parece un colegio de monjas. Comienza entonces una película de aprendizaje en la que la temperamental pequeña deberá abrirse camino en un lugar extraño.

Pensar

Pensar

La película prescinde por completo de sensiblerías y artificios para entregarnos con un estilo notarial y antirretórico su rugosa carga de verdad. Una de las insistencias más comunes del cine es la de resultar increíble en último término por su carácter binario: las cosas están impecables o tremendamente sucias y desgastadas, la gente es siempre coherente o un completo desastre. Cuando el guionista se esmera entonces tenemos la impresión de que a cada rasgo de carácter de un personaje le va a corresponder un contrapeso, ya que se nos intenta presentar una persona normal. No hay contradicciones, ni olvidos, o cuando éstos se presentan siempre cumplen una función en la historia, pero la vida discurre claramente de manera distinta.

Jamás me he encontrado a un personaje de película en la vida real. La gente no habla, no viste, no come como se habla, se viste o se come en el cine. Pero algo sabe de cine y de todos nosotros Lecomte cuando ha acertado a levantar esta emocionante película sin banda sonora musical, sin un solo truco, sin una sola parábola, sin metáforas en la que tenemos la sensación de encontrarnos a solas ante la vida misma, que no es justa ni es injusta, es sencillamente inexorable porque tiene su propia lógica. Cuando los cineastas sueñan con conseguir lo que ha conseguido Lecomte ensayan el cine documental, pero el milagro es que tampoco es éste el caso de nuestra película.

Mirar

Mirar

No es el menor de los aciertos de la película la elección de la jovencísima Kim Saeron para el papel protagonista. Las películas con niño constituyen un subgénero particularmente tramposo donde los haya, aunque en este caso el elemento habitualmente traidor, merced a una estupefaciente interpretación llena de detalles, es el verdadero eje de este largometraje modélico. ¿Qué clase de cabeza hay que tener para representar a los nueve años un papel tan exigente así? Lecomte cuenta que la niña no conocía lo que iba a rodar, y cada escena le pedía concretamente lo que quería de ella. El caso es que de esta manera contemplamos ante nosotros la alegría, la ira, el desvalimiento, la nostalgia en la persona de alguien que no ha estudiado interpretación porque no ha tenido tiempo para ello.

Salvo raras excepciones, en el largo plazo los países tienen el futuro que se labran porque son la resultante de millones de decisiones individuales. Hemos asistido en los últimos años al despegue de Corea del Sur como potencia industrial y cultural. El fabuloso desarrollo de lo que hace cincuenta años era una sociedad atrasada y rural recién salida de una guerra civil se asienta sobre un ritmo de trabajo inconcebible para nuestras sociedades y un sistema educativo que sitúa a los alumnos entre los mejores según los informes PISA. Pese a que Ounie Lecomte se ha criado en Francia y no habla la lengua de sus ancestros, la película no puede ser más local ni más universal a un tiempo. La enorme laboriosidad de los coreanos está detrás de uno de los retos que tiene ante sí esta sociedad: aprender a descansar.

Álvaro Fierro Clavero

Comentarios

  1. Excelente reflexión, Álvaro. El cine es uno de los elementos más prolijos de nuestra visión subjetiva. Yo soy bastante selecta a la hora de decantarme por uno u otro de los diferentes géneros cineastas. Y el film que aquí nos traes me llega profundamente. La didáctica de la realidad es la mejor terapia para subrayar la psicología del ser humano. Me gustan tus planteamientos al respecto de lo individual y de las colectividades…. Te felicito. Mi más cálido y fraternal abrazo, amigo.

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