Miércoles, 23 Agosto, 2017

El desconcierto


Foto: Alberto Cuéllar

Foto: Alberto Cuéllar

“He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.” Ecl 7, 29

De mi infancia recuerdo algunas cosas, menos de las que me gustaría; las sensaciones originales antes siquiera de ponerles un nombre que las mitigara: la primera vergüenza (desear no estar, no ser en el presente), la primera injusticia (que nublaba los ojos y la garganta en un nudo), la primera certeza (el futuro acogedor y transparente). De entre todas ellas hubo una que se mantuvo constante, como la nota dominante en la vivencia de esos primeros años, siempre igual de intensa por no saber cómo bautizarla. Nadie me hablaba del silencio sordo ante la realidad causado por el desconcierto. Sólo pasada la adolescencia tuvo nombre el entender sin comprender.

El desconcierto dominaba mi experiencia del mundo; entre los pequeños, al descubrir, ya no la maldad, sino las dobles intenciones. Nací sin picaresca, debió de ser una exposición fetal al microondas o alguna complicación durante el parto. Entre los adultos, la extraña relación entre causa y consecuencia. Pocas veces dos y dos sumaban cuatro, todo se cubría de matices y explicaciones obtusas que ya entendería de mayor. Lo que raramente me ocurría con mis padres, cuyos recovecos eran un terreno bastante conocido, en la vida pública era constante: la televisión, los anuncios, la realidad, los profesores. Las guerras que nadie quiere que ocurran y se alargan en telediarios, las historias en la que dos que se aman escapan uno del otro durante todo el metraje, los deseos ignorados, las mentiras pequeñas, las mentiras grandes, las normas sensatas e incumplidas. Recuerdo la mañana luminosa con el dominical de papá entre las manos, acabar un lúcido reportaje denunciando el derroche y descubrir el especial joyas en la página siguiente. Eran reglas ajenas a las que, una mañana camino del cole, decidí con total conciencia no acatar mientras pudiera.

A mis dos décadas y tanto, a mis tres décadas menos cuatro meses, conservo con orgullo el desconcierto. Ahora comprendo mejor las razones de lo absurdo, porque he podido ver mi incongruencia, pero no intento doblegar la razón a convenientes apaños. Por eso sé que un carro de pañales, toallitas de niño, aceite, azúcar, yogures y fiambre es una declaración de inocencia, incluso una acusación boomerang hacia un Estado aficionado al alpinismo; por eso sé que Emilia Soria no merece pagar la cárcel que Carlos A. C. ha esquivado en dirección contraria.  Esto también es vanidad.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Me ha encantado Lupe. Ha merecido la espera.

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