lunes, 11 diciembre, 2017

Crecimiento sostenible y crecimiento exponencial


castillo_naipes

Seguro que recuerdan el caso Forum-Afinsa o, a mayor escala, el caso Madoff, que era lo mismo pero en versión Wall Street. El escándalo llegó solo al descubrir estas estructuras piramidales en las que los clientes, movidos -es innegable- por el deseo de poseer más, habían caído engañados (aunque era sin duda sospechoso que vendieran duros a peseta). Entonces, periodistas y comentaristas de la actualidad dedicaron no pocos esfuerzos a tratar de explicar cómo funcionaban estas redes de captación de fondos tan débiles en su estructura como un castillo de naipes.

Recuerdo que, en aquel entonces ya pensé que o entendía tanto escándalo. El sistema ideado por estos pícaros de la ingeniería financiera no dista mucho del empleado por los bancos con las hipotecas basura o de la ficción en la que vivieron empresas y Estados al creer que era posible un crecimiento ilimitado.

El crecimiento sostenido es beneficioso, pero no si es exponencial, como el que se ha vivido en la época de vacas gordas en la que un resultado menor a los dos dígitos porcentuales era tomado como un fracaso empresarial sin paliativos. La estructura completa de la economía se montó sobre la idea de que sólo se podía seguir funcionando en la medida en la que cada vez se colocasen al consumidor más productos y más servicios -no mejores necesariamente, pero sí más-. Este entramado necesitaba que cientos de personas consumiesen en primera instancia en la base de la delicada pirámide.  En el momento en que fallase el consumo privado, la estructura entera se vendría abajo. Y así ha sido.

gotaLa historia del desplome comenzó con unos cuantos parados, muchos menos que los casi seis millones que nos acaba de apuntar la Encuesta de Población Activa, esa que dice la verdad sobre el problema del desempleo. Unos cuantos parados dejaron de consumir y el crecimiento de las empresas dejó de ser exponencial. Aún no era cero, pero las estructuras estaban montadas de tal manera que solo con crecimientos brutales se podían sostener. Entonces empezaron a caer. Y los primeros en caer fueron los trabajadores. Con lo cual la pirámide de cartas se desplomó desde su parte más débil: los cimientos del consumo.

Hasta aquí el problema. Ahora una idea que no es mía, sino que parte del pensamiento de Benedicto XVI reflejado en la Caritas in veritate: “La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza”. Lo que se persigue, en palabras de Pablo VI, es un crecimiento real, extensible a todos y concretamente sostenible.

¿Y cómo se logra ese crecimiento? Se trata de plantear la reinversión del beneficio, no tanto en términos de búsqueda del desarrollo exponencial –producir más para vender más, lo que requiere más consumidores- sino en términos de mejora de la calidad de los productos que se venden.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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