Viernes, 21 Julio, 2017

Nacidos para correr


Por correr tanto hacia la primavera
Pedro Salinas

Jean Echenoz

Jean Echenoz

Jean Echenoz publicó entre nosotros en 2010 ‘Correr’, un espléndido librito en el que narra con un estilo suavemente gamberro y admirativo las proezas atléticas del gran Emil Zatopek, un fondista legendario que, entre otras cosas, inventó el sprint final y en los Juegos Olímpicos de Helsinki consiguió la fabulosa proeza de imponerse en las pruebas de cinco mil y diez mil metros más la marathon, prueba esta última que corría por primera vez en su vida.

Emil Zatopek

Emil Zatopek

Parece ser que le pidió permiso al principal candidato a la victoria para correr a su lado. Iniciada la competición, Zatopek le preguntó a su compañero si no iban demasiado deprisa. En absoluto, vamos muy despacio, fue la irónica respuesta. Los problemas de comunicación a Zatopek le costaron más de un disgusto con las autoridades comunistas checas, según narra Echenoz en su libro, sin embargo en esta ocasión le valieron la medalla de oro porque no supo interpretar el sentido del humor de su interlocutor y aumentó el ritmo hasta desfondar a todos sus seguidores. Las imágenes de un sonriente Zatopek entrando en el estadio olímpico son sencillamente mitológicas.

Christopher-McDougall

Christopher McDougall

Christopher McDougall es un periodista que en 2009 publicó el libro ‘Nacidos para correr’, una investigación antropológica y deportiva sobre la increíble tribu mexicana de los tarahumara, un pueblo que vive en las Barrancas del Cobre, en Chichuahua, cuya vida no ha cambiado gran cosa desde hace siglos. Según cuenta Wikipedia, en 1928 dos tarahumaras participaron en la marathon de los Juegos Olímpicos de Amsterdam y protestaron porque era demasiado corta. Ya el eminente investigador noruego Carl Lumholtz había descrito a principios del siglo XX que los tarahumara eran capaces de recorrer 700 km de una tirada. Hoy sabemos que este pueblo recorre habitualmente estas enormes distancias a causa de lo dispersos que están sus asentamientos sin sufrir problemas cardiacos ni lesiones de ningún tipo.

Carl Lumholtz

Carl Lumholtz

La tesis de McDougall es fascinante. Contra lo que podríamos pensar, los tarahumara no son una anomalía, sino que la anomalía somos nosotros: Ellos son los únicos seres humanos que han conservado el inveterado estilo de vida de nuestra especie hasta nuestros días. En otras palabras, hace cientos de miles de años toda la humanidad corría como ellos.

¿Cómo argumenta esta tesis? El ser humano experimentó un gigantesco desa­rro­llo cerebral hace dos millones de años. Esa evolución exigió una enorme cantidad de energía que sólo ha pudo venir de la incorporación de la carne a nuestra dieta. Sin embargo únicamente hemos desarrollado armas para la caza hace unos 200.000 años. ¿Cómo pudo el hombre subsistir todo ese tiempo dado que somos tan lentos y no tenemos garras ni colmillos? Cualquier caballo, cualquier antílope es incomparable­men­te más rápido que nosotros, y sin armas no tenemos modo de cazarlo.

“Nuestro modo de ser se vuelve distinto porque previamente ha cambiado nuestro modo de estar”

Tarahumara corriendo

Tarahumara corriendo

Pero los seres humanos tenemos una capacidad única que nos da una ventaja competitiva con respecto a todas las demás especies, una capacidad que en la época actual nos esforzamos por ocultar o disimular, aunque en ella estriba nuestra portentosa aptitud para la adaptación y la supervivencia: el hombre es el animal que más y mejor transpira. Eso hace posible que en un día de calor pueda perseguir presas mucho más rápidas a lo largo de decenas y decenas de kilómetros. Un caballo corre mucho más que nosotros, pero al cabo de unos 10 km tiene que parar para refrigerarse. Por el contrario el hombre puede correr durante horas y horas aprovechándose de su enorme capacidad para mantener la temperatura constante pese al calor y el esfuerzo y acaba rindiendo a no importa qué animal.

¿Y los ancianos, y las mujeres? Mc Dougall revela algo maravilloso. En las distancias inferiores a la marathon la diferencia entre hombres y mujeres es notable, pero a medida que las distancias se alargan se comprueba que la superioridad del hombre se reduce hasta el punto de que no es posible predecir en las ultramaratones a 100 km quién resultará ganador. Por otro lado, cuando se estudian las marcas de los maratonianos se observa que mejoran desde los, digamos, diecinueve años hasta los veintisiete, que es cuando se registran los mejores tiempos. A partir de ahí las prestaciones se reducen hasta que a los sesenta años las marcas se equiparan con las que se conseguían cuarenta años atrás. Es decir, que los ancianos también corrían enormes distancias, con la ventaja de que aportaban su mayor experiencia en las cuestiones tácticas de la caza.

Aristoteles

Aristoteles

El pasado dos de enero ha hecho un año que empecé a correr de la noche a la mañana. Actualmente corro todos los días unos seis kilómetros y medio, lo cual es poco para las personas con mayor costumbre y aptitud que la mía, pero no está mal para alguien que llevaba treinta años sin hacer ejercicio en absoluto. El caso es que conforme uno va superando pequeñas pruebas, alcanza metas modestas y realiza ciertos descubri­mien­tos aprende a diferenciar la fatiga del cansancio: la fatiga es algo superficial y molesto, está asociada a la pereza y al aburrimiento y no tiene una causa clara, mientras que el cansancio es algo enormemente misterioso y profundo que sirve para que el cuerpo se exprese ante nosotros. A lo largo de este año he estado cansado centenares de veces, pero he dejado de sentir fatiga por completo.

El cuerpo que en la vida sedentaria es un simple instrumento al que únicamente prestamos atención en circunstancias de enfermedad o agotamiento, de pronto cobra importancia y se convierte en un acompañante que no cesa de comunicarse con nosotros por la vía sensorial. Se recibe todo de un modo distinto, y las cosas que piensa la cabeza mientras se corre se contagian de no sé qué entusiasmo y buena disposición que aleja con una eficacia insólita la tristeza y la pereza. Nuestro modo de ser se vuelve distinto porque previamente ha cambiado nuestro modo de estar.

Aristóteles filosofaba paseando. Ha llegado el momento de filosofar corriendo.

Álvaro Fierro Clavero

Comentarios

  1. Nadie que no haya experimentado la sensación de encontrarse a gusto corriendo, embebido en tus pensamientos y disfrutando del entorno puede imaginarlo, ni nadie que lo haya experimentado puede olvidarlo.
    Una de las formas más bonitas e introspectivas de conocer un lugar es correr por él, sin prisa, sin objetivos y sin desafíos. Simplemente correr.

  2. Juan Errete dice:

    ¿Correr? Yo experimento todas esas sensaciones caminando a buen ritmo – 6 km por hora – durante una hora u hora y media (unos nueve kilómetros). Y el cuerpo no tiene el mismo desgaste que corriendo.

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