Jueves, 17 Agosto, 2017

La felicidad cabe en un bidón de agua


bidon_detalleLes traemos unas fotografías muy elocuentes. Resulta que las sonrisas son reales, no son posados para la cámara. Lo sé porque detrás estaba yo. ¿Por qué en los países más pobres se dibujan sonrisas en los rostros? ¿Por qué hay tanto gris en las caras de los ciudadanos de los países ricos? Las preguntas son más necesarias cuando sabemos por las investigaciones que la felicidad es una tendencia natural en el hombre.

Hace siete años, tuve la oportunidad de visitar Madagascar, sorpendente país que no solo da nombre a una saga de dibujos animados, acompañada por Manos Unidas para conocer algunos de los proyectos que tienen impelementados en la isla. De Madagascar es también la secretaria general de la Obra Pontificia de Infancia Misonera, Baptistine Ralamboarisome, que acaba de presentar en Madrid la Jornada de Infancia Misionera, un día clave que tenemos que apuntar en el calendario, el 27 de enero, en el que los niños aprenden a ayudar a otros niños.

Por casualidades de la vida, el período que pasamos en la llamada isla roja –por el color cobrizo de su tierra- coincidió con el fin de la estación seca y el inicio de las lluvias. Aprendí que la felicidad puede tener forma de charco en el camino, que la felicidad cabe en un maltrecho bidón que se rellena de agua sucia, en la mirada puesta en el cielo por la cosecha que habrá de llegar, incluso en la comida que aprece por sorpresa en el vertedero de una gran ciudad.

buscadoresEstas Navidades, las enésimas en crisis económica, Luis Rojas Marcos, uno de nuestros grandes talentos exportado a Nueva York, psiquiatra, experto en felicidad, ha concedido diversas entrevistas a los medios mientras promocionaba su última a ineteresante obra. Me llama la atención el resumen: la felicidad no entiende de crisis porque el hombre intenta, por naturaleza, alcanzarla. “El instinto de la felicidad es genético. Todos nacemos con la capacidad de proteger y buscar nuestra satisfacción de la vida, necesaria para que la especie continúe. Los niños, si les dejamos tranquilos, de forma natural van a ser felices, porque está en sus genes. Incluso algunos que pasan por una infancia muy dura, luego les preguntas cómo de felices son y te dan un 7 o un 8, porque lo han superado. Normalmente, el ser humano tiende a sentirse bien”, explicaba en una conversación con El Mundo.

La realidad es tozuda: resulta que la felicidad es instintiva. Por eso cabe en un bidón de agua sucia, en una escudilla llena en un vertedero. Quizá el problema que ensombrece a una economía europea que ha entrado no tanto en recesión sino en depresión, es que aún no está poniendo en marcha esos resortes instintivos que permiten que, incluso en medio de la peor de las tragedias, el hombre valore lo mejor de su existencia. Un buen consejo: exportemos ayudas a los más necesitdos, llenemos de agua sus bidones y seguro que, por esos vasos comunicantes que fragua la caridad, recibimos nosotros el secreto de la sonrisa perenne.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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