Jueves, 24 Agosto, 2017

Haneke llama amor a la desesperación y la aflicción


por Martín Montes Guirao

por Martín Montes Guirao

George y Anne, los ochenta cumplidos, son dos profesores de música clásica jubilados. Su hija también se dedica a la música y vive fuera de Francia con su familia. Un día, Anne sufre un infarto. Al volver del hospital, tiene un lado del cuerpo paralizado.

amourHaneke tiene la habilidad de conmocionar al espectador más que emocionarlo. Una conmoción es un viraje inesperado en la vida, del que te queda una lesión o cuando menos un mal recuerdo. En Amour hay mucha emoción, que no puedo poner en duda porque el director es un genio, y hay también un hachazo vil sobre el espectador, al que se le succionan en décimas de segundo todas las endorfinas. Lo malo es que dicha conmoción sirve para que el espectador reelabore lo visto y crea que todo ha sido una pamema.

Es un placer atender a esa escuela tan humana que es la vida compartida, “qué hermosa es la vida larga”, dice la protagonista repasando las fotos en las que se ve a los esposos cuando eran jóvenes. Muchos pasajes de la película recuerdan la respuesta que el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera diera a un periodista a propósito del éxito en su matrimonio, “nos tratábamos con exquisita educación”. La educación en los matices, en las formas galantes. Así ocurre en esta pareja, especialmente en él, un hombre que ama porque está atento, y es capaz de pedir perdón un millón de veces sin escatimar. Hay cultura y aficiones compartidas, complicidad, ternura, todo lo que se prometió en los inicios y que los años apenas desgastan porque se observa un ensamblaje lento, de hilos muy finos. Pero el instante de la conmoción, insisto, es un detonador que arroja por los aires todo lo construido hasta entonces.

“La tesis clavada en el dintel de Amour es que quien ama de verdad, ama hasta la desesperación y anulación de lo vivido.”

amour1Amour no es una película más sobre la eutanasia. Cuando la anciana empieza a darse cuenta del agravamiento de su enfermedad, dice que no merece la pena llegar hasta el final de la degeneración, que se encuentra cansada, etc. Pero el marido la anima y convierte el hogar en un nido paliativo, donde quien decide desvivirse a diario no es la enfermera de turno, sino el mismísimo amante. La película, muy inteligentemente, gira entonces su hilo narrativo de la paciente a su marido. La tesis clavada en el dintel de Amour es que quien ama de verdad, ama hasta la desesperación y anulación de lo vivido. A los cuidados exquisitos del marido y la elocuente habilidad para deshacer cualquier nudo de dolor en la esposa, de repente se les viene encima un telón negro, la más absoluta oscuridad. No se puede decir más sin revelar piezas esenciales de la trama. Pero Haneke nos dice que el dolor siempre enturbia, traspasa al paciente y enloquece al amante sano.


amour2No creo que esa sea la experiencia más frecuente del que comparte dolor con el amado. Dar la vida por alguien es saber que la dependencia es también vida que sigue haciéndose. Tampoco Dios aparece en la película, no existe una creencia común desde la que pueda contemplarse la realidad fuera de la bidimensionalidad dolor-muerte. Todo es estrictamente material. Carlos Boyero habla de la perversidad de Hanecke, quizá por la contemplación de lo que el hombre no es de ningún modo.

Martín Montes Guirao

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