Viernes, 23 Junio, 2017

De reputación, marca y confianza: el paño y el arca

De reputación, marca y confianza: el paño y el arca

Hemos pasado de ser unos caballeros o aldeanos, tanto da, cuya palabra iba a misa y cuyo trato se cerraba con un apretón de manos en la mayoría de los casos, a unos charlatanes.

De reputación, marca y confianza: el paño y el arca




importa más vender el paño en arca dorada, que cómo sea el paño.


Hemos caído en manos de la apariencia de algunas palabras, pensando que era más importante “comunicar”, por ejemplo, a “ser”: una forma de caer en lo cursi al fin y al cabo.

Más corrupción o al menos, más noticias sobre casos. Sucede en todas partes, a todos los niveles, y la sensación es más que agobiante en España. ¿Queda alguien honrado en este país, que no se lleve lo que no es suyo?, me decía el otro día un taxista.

Ahora que me toca estudiar a los clásicos no me cabe duda que no hay nada nuevo bajo el sol, sólo que los medios son otros y más modernos. El pícaro español es un tipo muy nuestro, como también lo pueden ser otros, y son, también y siempre, universales. Hay Quijotes todavía, como también hay Sanchos, como hay damas, caballeros, reyes que merecen el nombre de tal y los que no están a la altura. Lees el pasado y ves el presente a pesar de la distancia.

Creo que parte de nuestros males son los de todos los tiempos. Robar es algo muy humano, de siempre, como desear a la mujer que no es propia, como la envidia, la soberbia o la pereza, nada cambia.

Palabras

Todo eso llevaba un nombre que llamábamos pecado, y sobre eso se hacía también literatura porque eran temas humanos. Lo malo es cuando hacemos sociología de los pecados, estadística, y dejamos de llamarlos por su nombre, de reconocerlos como algo malo no cuando lo hacen otros –que es más fácil-, sino cuando nosotros los hacemos.

Los nombres son importantes. Y es cuando los perdemos y los cambiamos, cuando preferimos la apariencia a la sustancia, cuando derivamos.

Ha pasado en la vida social de los españoles, cada vez más cursis y, por eso, más engañados. ¿Qué ha sucedido? Que hemos caído en manos de la apariencia de algunas palabras, pensando que era más importante “comunicar”, por ejemplo, a “ser” … algo, una forma de caer en lo cursi al fin y al cabo.

Creo que sé de lo que hablo porque llevo trabajando en comunicación corporativa desde hace más de 20 años y esa deriva, importa más vender el paño en arca dorada, que cómo sea el paño. Mejor dicho: hemos pasado de ser unos caballeros o aldeanos, tanto da, cuya palabra iba a misa y cuyo trato se cerraba con un apretón de manos en la mayoría de los casos, a unos charlatanes.

Tenemos una inflación de palabras, ¿Qué es inflación? Dinero, simple metal de cambio, que corre tras pocos bienes materiales, cada vez menos. Y en eso estamos: muchas palabras para pocas realidades. Hemos acabado sustituyendo por palabras rimbombantes y conceptos, insisto, cursis, que acaban por no decir nada. Eso es la cursilería entre otras cosas: tapar la verdad con hojarasca, poner un lazo donde sobra.

Así, hablamos de “gestionar la reputación” de una empresa o hasta de una persona, de “la marca” –España o lo que sea-, en vez de insistir que lo primero es que esa persona, empresa o país “sean” … lo que pregonan, o sean, simplemente, algo.

La comunicación es después de las cosas, no se trata de parecer o hacer ver a alguien, sino de serlo antes.

Y eso tan elemental que un anciano o un niño ven o notan –lo que eres antes de que hables- es lo que no aceptamos. Y pagamos consultores, periodistas –con perdón de este dato-, expertos en comunicación, publicistas, etc, convencidos que la mujer del César debe de parecer honrada, antes que considerar que lo que tiene que ser es honrada para poder parecerlo.

Si los clásicos vivieran hoy escribirían comedias tronchantes sobre lo cursis que nos hemos vuelto los españoles y lo bien que los pícaros viven entre tanta palabra.

Aurora Pimentel

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