martes, 21 noviembre, 2017

Arranca el bicentenario de Wagner


Hace doscientos años nació el músico que puso patas arriba el siglo XX. Igual que en sus obras realizó una mixtura de música y teatro, así también resulta difícil la cirugía entre su propuesta musical y su vida. Era intuitivo como un perdiguero, y se arrimó al alma de Luis II de Baviera para que fuera su protector. No hay que culpar al maestro de Leipzig de su locura, pero la sensibilidad frágil del monarca estaba predispuesta para toda esa acometida mitológica que se le iba a venir encima. Fue su padre, amigo, mecenas, adorador, súbdito y lebrel. Y Wagner feliz de tan encumbrada posición.

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Daniel Barenboim ha dejado escrito, “si alguien me concediera el deseo de pasar veinticuatro horas con algún gran compositor del pasado, Wagner nunca sería una opción. Me encantaría compartir un día con Mozart. No así con el Wagner “persona”, que me resulta absolutamente despreciable y que, en cierto sentido, es difícil de asociar a la música que escribió el Wagner “compositor”, impregnada de otras ideas o sentimientos, como la nobleza o la generosidad“. Debemos recordar que Barenboim es uno de los grandes defensores de la música de Wagner en Israel, a pesar del consumado antisemitismo del artista.

Su mujer, Cósima, la hija ilegítima de Liszt, recuerda que en una ocasión su marido leyó en voz alta el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” de Gobineau e, inmediatamente después, se sentó al piano para interpretar el preludio de su Parsifal. El trasunto de esta ópera habla de la lanza que atravesó el costado de Cristo y de su acción milagrosa sobre las heridas del rey Anfortas. Parsifal es el héroe inocente que consigue zafarse de las insidias corruptoras de la misteriosa Kundry, para llegar con la lanza hasta el trono de Anfortas. La música de esta ópera es de una extraordinaria belleza y recuerdo que de joven, gasté mi primer sueldo en una grabación histórica de la pieza. Pero el argumento en manos de Wagner abandona todo trasunto cristiano para transmutarlo en ideología defensora de la raza. La enfermedad del rey Anfortas es la del alemán que ha mezclado su sangre con razas inferiores y sólo Parsifal, “el loco puro“, será capaz de ofrecerle limpieza absoluta.

Y ahí nació la pasión de Hitler por Wagner, que provocó en Woody Allen aquella famosa conversación con Diane Keaton saliendo del Metropolitan de Nueva York, “cada vez que oigo la música de Wagner me entran ganas de invadir Polonia“. Es el misterio de la belleza, posada en las manos de todo artista.

Javier Alonso Sandoica

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