Jueves, 25 Mayo, 2017

#truestory


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Nunca me regalaron una Barbie. Mis padres, que no querían imponerme ni género ni antigénero (sabían que abrigándome bien todo lo importante vendría por añadidura), no me la habrían negado, pero yo no la pedía. Con la autoconciencia me llegó una especie de orgullo tomboy, la intuición de que, eligiendo el balón en vez de la Barbie, estaba demostrando algo a alguien en algún remoto lugar de una España supuestamente necesitada de lecciones. En mi casa se leía El País, como habrán adivinado.

Aún recuerdo el hiriente comentario del capitán del equipo del patio rechazando mi balón y mi candidatura a participar en el juego, doblemente humillante por ser el niño que me gustaba. No les aburriré con los detalles, pero salí del trance con lágrimas y una nueva dosis de realismo: sex matters.

A partir de ese recreo fatal (“¡Es de la FIFA!” protestaba yo, confiando ciegamente en las instituciones, otra importante lección) me dediqué, no ya a ignorar las implicaciones del género, sino a tomarme a pecho la lucha de sexos como una suffragette preadolescente. Por no tener no tuve siquiera batallas que luchar: no había forma de encontrar injusticias a mi alrededor y acababa enamorándome como una niña cualquiera – enamorarse, como es sabido, supone la derrota en esta guerra.

Mi resistencia se quebró de repente – me recuerdo con unos ocho años – en Navidad. Ante el catálogo de regalos de El Corte Inglés, mi versión adaptada de la Tierra Prometida, sentí la punzada del deseo en la página 42: el disfraz “Princesa del Nilo”. Tenía todo lo que yo denostaba: purpurina, eyeliner, joyas, velos, y una promesa de exótica feminidad más allá del recreo, el niño que me gustaba y la ruta de la tarde. Una princesa. Una mujer. Cleopatra.

Por supuesto, el disfraz ocupó el puesto de honor de la lista a Sus Majestades y, el día 6 por la mañana, tras comprobar que los magos de Oriente me habían vuelto a pillar dormida un año más, reconocí el paquete inmediatamente. Rasgué el papel verde, la bolsa, el plástico del envoltorio y desplegué su contenido: un traje de ninja. De ninja.

 

De ninja.

Al año siguiente me revelaron la naturaleza de los visitantes del 5 de cada Enero y comprendí que en El Corte Inglés no habían quedado otros disfraces. Sin embargo, ninguna racionalización pudo cubrir mi desfile vestida de ninja en el Carnaval del colegio al siguiente febrero. Ni que decir tiene que ese año tampoco enamoré a mi elegido.

Llegada a la plenitud vital en la que me encuentro a mis 29 años, habiendo generado mi primer hijo varón, he aprendido a celebrar la feminidad que me negaba entonces. No hablo de una mujer-madre-tierra  adoradora de Isis, de pobladas axilas y mucho sentipensar, sino a la mujer de tacones, carmín y caderas. Dejo a otros elegir entre la inteligencia, el poder, la armonía y la sensualidad desbordante: elegir es de débiles. Yo, si puedo, me quedo con todo.

Por eso celebro que Disney siga sacando princesitas de manos pequeñas y boca de piñón, con su tiara y su canesú. Y españolas, para mayor gloria de la maltrecha institución borbónica. Las niñas tendrán tiempo de soñar con ser corresponsales de guerra y premios Nobel, o incluso de serlo. Si además juegan a ser mujeres poderosas y compasivas, rodeadas de belleza, en armonía con la naturaleza (pajaritos que comentan la jugada) y únicas en su reino, seguramente reciban su futuro Nobel con una encantadora sonrisa.

Gaudalupe de la Vallina

Comentarios

  1. La pena es que el premio Nobel si pero no un balón de oro generando la misma expectación como Cristiano, Messi o Iniesta este año o los afortunados del siguiente. Porque todos podemos hacer las mismas cosas en igualdad de condiciones.
    Mi balón también fue rechazado por ser yo una chica, pero como la viuda del Evangelio, no deje de insistir hasta que por fin lo aceptaron y a mi con él, aunque fuese a aregañadientes. Con esto también he de decir que nunca he renunciado a mi feminidad por muchos deportes, en especial fútbol, que he practicado y seguiré practicando

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