sábado, 21 octubre, 2017

Sigue siendo Navidad


Agentes policiales intervienen un desahucio en un barrio de Valencia / Roberto Pérez

Agentes policiales intervienen un desahucio en un barrio de Valencia / Roberto Pérez

Cerrar la puerta por fuera y no llevarse las llaves. Dejarse el corazón dentro, entre las cajas. Encontrar un rincón seco y algo seguro, después de haber llamado a las cuatro puertas que aún podrían haber abierto. Pero que no.

El empleo es últimamente la primera causa, lejos de un ideal nómada francamente mal realizado. Perder el trabajo, perder el salario, perder la hipoteca, y no encontrar asidero alguno mientras se rueda pendiente abajo.  Alguno sería irresponsable, otro impaciente; razones para sabernos distintos hay tantas como personas que duermen en la calle pero eso no separa su miedo del nuestro, ni nos aleja de hacer cola con ellos en el comedor del barrio próximamente.

No beben casi alcohol, al menos eso afirma la mayoría, ni sufren en general enfermedades mentales. Casi todos arrastran solos el peso de no tener techo, pero algunos afortunados tienen con quien compartir la calle: un hombro es casi un salón con chimenea. Los hay ancianos, los hemos visto, pero la mayoría están nel mezzo del cammin di nostra vita, con canas incipientes y estudios secundarios.

Muchos tienen hijos a su cargo. La mitad, concretamente, nacidos o por nacer. Despedidas de los peluches y los rincones secretos, la tranquilidad de vivir con papá y mamá, pase lo que pase. Si un hombro es un salón, un regazo es un país entero. Un regazo y dos manos vacías, mejor si cuatro: lágrimas adultas cada noche deseando una habitación pintada, una cocinita nueva, una cuna con su móvil, una trona, un cambiador, mientras el niño se acurruca con la placidez de un rey.

En mi casa tengo un sofá-cama en el “salón de invitados”, y un par de somieres más repartidos para recibir a quien quiera visitarnos. Me gusta levantarme en pijama al desayuno, jugar con mi bebé en el salón hasta que se duerma rendido, escuchar música con mi marido en la cocina. Tengo sitio para muchos en mi casa, pero no en mi vida; tendría que hacer obras profundas para que un par de amigos desahuciados vivieran con copias de mis llaves. Y si una noche bajo cero me pidieran asilo, nos sentaríamos, marido y yo, preocupación en mano, a medir nuestras fuerzas – con el sí en el bolsillo. Cualquiera lo haría, supongo. Y parece ser que muchos han dicho que no, al menos 11.500 (tirando por lo bajo) han dejado la puerta cerrada y el sofá-cama plegado en el salón.

Leyendo las cifras de la Encuesta a las personas sin hogar del INE me temo que los desahuciados que acaban viviendo en la calle podríamos haber sido usted o yo, o personas respetables que han perdido su trabajo, o parejas galileas buscando un sitio limpio para que nazca su primer niño.

 Guadalupe de la Vallina

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