Jueves, 25 Mayo, 2017

La edad de la inocencia


María Smith

María Smith

Welcome to the age of un-innocence. No one has breakfast at Tiffany’s and no one has affairs to remember.” Esta es la frase con la que  empieza el primer capítulo de la ya mítica serie “Sexo en Nueva York”. Serie que se ha convertido en un hito y de un tiempo a esta parte Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda son punto de referencia para muchas mujeres y niñas. Si, también niñas. Yo con 15 era una niña. Este grupo de amigas representa el modelo de mujer que tantas ansían ser, el tipo de vida que tantas desean tener; salidas nocturnas, éxito laboral, brunch todos los sábados, zapatos y ropa cara, hombres ricos y sexo, mucho sexo. Sexo en la cocina, en la bañera, en la calle y  en el sucio baño de un bar al son de las míticas pintadas tipo  “lore y Josu forever”; sexo con hombres, con mujeres, con ellos, con ellas y con “esos”.

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Algo me dice que cuando pensaron en el personaje de Carrie, rescataron a Nietzsche del baúl de la condena Nazi, le depilaron el bigote y le plantaron unos manolos. Y efectivamente Carrie, así como Nietzsche cuando te habla del cielo estrellado, consigue de primeras engatusarte. El problema viene al poner en práctica la teoría.

Seamos sinceras. Samantha no es una heroína sexual, es una heroinómana adicta al sexo y con serios problemas afectivos. Llega un momento en el que su personaje es tan esperpéntico, tan extremo, que los creadores le regalan un cáncer. No hay mejor manera de humanizar a un personaje que regalándole un cáncer. Realmente es el prototipo de hombre que se ha estancado en la crisis de los 40. A Samantha le da la réplica Charlotte, una especie de Madame Bovary, embriagada por las  novelas románticas, a la que a veces te dan ganas de pegar una colleja para ver si tira “pa’lante” ya de una vez, o para que se le quite la cara de siesa. Así llegamos a Miranda, la pelirroja con problemas de ego y carácter serios, y una gran incapacidad para querer o dejarse querer y por último Carrie, rubia de apariencia dulce y algo más normal que sus amigas. No nos engañemos. Con cerca de  40 tacos, tiene una obsesión enfermiza por los zapatos y es incapaz de tener una relación con un hombre si no implica sexo. Por lo demás los escenarios de la serie son estupendos, los diálogos agiles y de vez en cuando aparece alguien con quien podría identificarme, normalmente…un hombre. Y así estamos, una de las series más vistas de la última década: el estandarte feminista del SXXI.

Este cuarteto de féminas felinas vende una vida idílica, perdón quise decir ¿idílica? Seamos sinceros (uso el plural masculino que es lo que manda la RAE y donde hay patrón…). Doy gracias a Dios por no tener que ir a trabajar embutida en una falda de tubo (previa faja), yo, como la mayoría, soy incapaz de marcarme una carrera por las adoquinadas calles de París a lo Ussain Bolt llevando unos tacones cuyas puntas podrían considerarse armas blancas y desde luego soy aún más incapaz de pagarlos. Tampoco creo que ninguna goce de la misma flexibilidad que Samantha, del valor para salir a la calle en invierto ataviada con un tutú rosa y sin sujetador  y quiero pensar que son pocas las que se cuentan el número de abortos a los que se han sometido como quien cuenta cuantas sesiones de fotodepilación que lleva- sí, porque como bien diría La Agrado “la mujer también viene del mono” (las demás, no nosotras, ¡claro está!).

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Lejos han quedado las reivindicaciones que tanto nos hicieron avanzar, las de esas mujeres elegantes que posaban con corsés y pancartas, las que nos matricularon en las universidades y nos consiguieron un lugar en las urnas. Sí, las que todavía conservaban la inocencia, el sentido común o simplemente la ropa interior. Las de la mujer de Mister Banks en “Mary Poppins” (¿no se acuerdan?)  O aquellas que se quedaron levantando países mientras sus maridos iban a la guerra, trabajando en fábricas con el rizo perfecto y el carmín en su sitio. ¡Qué mujeres! Ahora solo nos quedan las que gritan con orgullo “miembros y miembras” o las del “nosotras parimos, nosotras decidimos” – y que se atreva alguien a explicar que parir lo que se dice parir, paren las vacas; no las mujeres.

Simplemente nos queda Carrie. Hemos querido enseñar y enseñarlo todo, erradicar la intimidad, hacer de cosas serias un juego. Banalizamos lo que de por si, por natura, es algo que ha de ser tratado con cierto respeto. Hemos convertido el pudor en algo desagradable y retrógrado, ¿no se agradece el pudor a veces? Hemos centrado el feminismo en la liberación sexual y sin embargo, al final lo que queremos es otra cosa. Porque recordemos que al final Carrie se casa con ese hombre rico además de  guapo y curiosamente es la única que nunca ha protagonizado un desnudo durante las 6 temporadas que duró la serie….

Tal vez sea cierto, tal vez hayamos perdido la inocencia, como la pierde un niño cuando se da cuenta, por primera vez, de que sus padres son personas y no súper héroes. El niño pierde la inocencia y tanto la echa de menos que comienza ese periodo convulso al que se empeñan en llamar “adolescencia” en vez de infierno paterno filial y purgatorio de autoconsciencia.

Las Carries de hoy no saben quién fue Marie Curie, Indira Gandhi, Juana de Arco, Edith Stain, Catalina de Medicis o Eleonor Roosevelt. Las Samanthas de hoy nos han convencido de que no seremos mujeres plenamente “completas” hasta que no consigamos ocupar altos cargos en multinacionales, han despojado a la maternidad de eso que la hacía tan especial, de su ternura y sacrificio, han borrado el “nosotros” para escribir “yo y tú”, porque en todo este camino, además, han menguado, aplastado, devastado y aniquilado la figura del hombre. ¿Dónde están los hombres de verdad?– se pregunta Carrie. Debajo de la suela de tus Louis Vuitton, bonita. Ya ni siquiera nos podemos refugiar en los poetas…probablemente por tanta ninfa y tan poca musa.

¿De verdad es esto lo que queremos?  Seamos honestas. ¿Quién no desearía recuperar la inocencia, la capacidad de un niño de asombrarse ante las cosas, ante la vida, desprenderse de ese ojo cínico? ¿Esa capacidad infantil que tan bien nos hace tratarnos los unos a los otros?

Perdonen las amantes de Sexo en Nueva York, si esta mujer independiente, con carrera universitaria, Máster y trabajo, a la que también le gustan los zapatos y que nunca rechaza un buen gin tonic, que lleva tatuajes y se siente libre…se reconoce no autosuficiente y precisamente por eso es capaz de realizarse.  Además Carrie,  ¿Quién no quiere desayunar en Tiffany y quien no quiere tener un romance que recordar? Es más, ¿cuántas deseamos no tener romances que querer olvidar?

María Smith

 

 

 

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