Miércoles, 26 Abril, 2017

La esperanza es lo primero que se pierde (III)

La esperanza es lo primero que se pierde (III)

Dejamos de creer cuando ya no tenemos esperanza de ser amados No hay esperanza porque no pensamos que cada vida humana sea realmente amada por Dios, ni siquiera la nuestra, pero también porque tampoco esperamos encontrar a alguien que nos ame como sólo un marido o una mujer aman.

La esperanza es lo primero que se pierde (III)




Dejamos de creer cuando ya no tenemos esperanza de ser amados


No hay esperanza porque no pensamos que cada vida humana sea realmente amada por Dios, ni siquiera la nuestra, pero también porque tampoco esperamos encontrar a alguien que nos ame como sólo un marido o una mujer aman. Estoy convencida que la esperanza en Dios tiene mucho que ver con una cultura donde el amor conyugal no sea ridiculizado y menospreciado. Quien ha perdido a su mujer o a su marido, o quien no lo encuentra y ve cómo los años pasan , experimenta la esperanza de un modo diferente.

Esperar a que algo suceda y desear que pase tiene dos partes. Trabajar por ello en la medida de tus posibilidades. Y rezar: confiar en que, más allá de lo que uno haga, ocurrirá finalmente lo que más convenga, lo mejor. O no. Quizás no pase lo mejor en ese momento, o ni siquiera sea bueno o así lo percibamos. Porque forma parte de la madurez no entender nada de lo que ocurre en general o por partes. Y siempre nos encontramos con sufrimientos físicos y morales que  pueden hacer perder la paz y, con ella, la esperanza y luego la fe, esos suelen ser los pasos.

No creo que sea tan raro llegar a pensar que, si Dios existe, está lejos y le somos indiferentes. O preguntarse por qué y no encontrar respuesta. Nos movemos, incluso creyendo y esperando, en un mundo incierto donde a la razón le acompaña el misterio siempre. Creo que la fe y la esperanza son todo menos cómodos y suaves si son de verdad, no caramelitos para infantes.

Téstigos. Buscamos testigos de que vivimos.  A veces la búsqueda de un compañero que amortigüe esa soledad tan humana que llevamos dentro tiene que ver con eso. Quien ha vivido esto lo sabe. Quien ha perdido a su mujer o su marido, o quien no lo encuentra y ve cómo los años pasan , experimenta la esperanza de un modo diferente.

Es cierto que ninguna persona llena a otra de modo total. Esto es de fe, pues para los cristianos estamos creados para Dios y sólo su amor nos llenará por completo, pero también de simple sentido común:  sólo hace falta haber superado la novelita romántica y no ser un adolescente aún con 50 años.

Hay amores muy diferentes en la vida que son estupendos: el de los padres, el de los hermanos, el de amigos.  Pero en esa búsqueda,  en esa pérdida, o en esa espera de encontrar o volver a estar con quien fue tu compañero, tu marido, tu mujer,  hay algo profundamente humano.

Susan Sarandon en” Shall we dance” lo explicaba. En la vida matrimonial lo que hay es un testigo que da fe de que el otro existe, es, de una manera peculiar. “Tú eres, existes…” es la cantinela matrimonial que decimos silenciosamente o con palabras al otro y que el otro nos repite.

Y por eso, también en cada nuevo ser humano que nace hay un signo muy especial de esperanza, de los padres y de toda la comunidad humana. No es una vida más, es siempre una vida singular y amada por Dios desde la eternidad y a ella destinada. Esta verdad modula los odios y las fobias en las que tantas veces caemos, porque según ella te das cuenta que hasta el político más perverso es hijo de Dios y por Él amado, una verdad bastante incómoda y no la Al Gore, con permiso del calentamiento climático.

Creo que parte de la desesperanza y de la falta de fe en la cultura actual, en lo que respiramos (en los libros que leemos, en las películas que vemos, en cómo nos relacionamos) tiene mucho que ver hoy con estos dos datos que pueden parecer de novelita  rosa, o de esos pesadísimos power points que a veces te mandan y cuyo mensaje es “Dios te ama” con fondos de puestas de sol, estrellas, desiertos, en fin, creo que ya saben.

Es decir, no hay esperanza porque no pensamos que cada vida humana sea amada por Dios, ni siquiera la nuestra, pero también porque tampoco esperamos encontrar a alguien que nos ame como sólo un marido o una mujer aman. No como nuestra madre o nuestro padre: como un marido o como una mujer.

Hoy hay muy poca esperanza entre los jóvenes y entre gran parte de las personas mayores por muchas razones, pero, entre otras, porque hemos dejado de pensar que somos queridos por Dios de modo individual y personal  y que nuestra vida es para Él importante. Y, también, porque el mundo actual está conjurado para que nos conformemos con muchas chorradas – ser sexis, atractivos, echar un polvo o tener una relación esporádica o varias, por favor, vean Gandia Shore y sabrán de lo que hablo…- pero no para esperar encontrar a un marido o una mujer que nos ame hasta que la muerte nos separe. Para quererlo, para desearlo, está fatal visto reconocer esto, decirlo públicamente, no se lleva nada.

Yo veo en esto una de las fuentes de mayor desesperanza del mundo. Y creo que, más allá de las pérdidas de fe por razones, vamos a decir, intelectuales (no creo porque no lo entiendo, no me basta esta explicación, etc …) se trata habitualmente de pérdidas de fe por razones vitales y de corazón: dejamos de creer cuando ya no tenemos esperanza… de ser amados.

Estoy convencida que la esperanza en Dios tiene mucho que ver con una cultura donde el amor conyugal no sea ridiculizado y menospreciado. Y con esta noticia de la semana esperaremos las Navidades.

Aurora Pimentel

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