sábado, 21 octubre, 2017

En la cárcel no se pierde libertad


Cesare-deve-morireCésar debe morir es la última película de los hermanos Taviani, Paolo y Vittorio. Un documental reconocido con el Oso de Oro en la pasada edición de la Berlinale. La historia que se nos cuenta es una transcripción reducida del Julio César de Shakespeare, montado por presos que cumplen condena en Rebibbia, una prisión de alta seguridad de Roma. Sobrecoge el nivel de interpretación de los voluntarios, sobre todo porque el espectador asiste al casting y contempla a un asesino con la misma tesitura interpretativa de un Mastroniani, algo asombroso. Todo italiano lleva el drama en algún espacio incógnito de su organismo y, cuando se las tiene que ver con una interpretación, le fluye sin esfuerzo.

Jozef_CzapskiLos Taviani lo hacen bien, muy bien. Pero el documental exuda frialdad, es excesivamente contenido. Sabemos los delitos de los actores y en ocasiones sabemos de su vida, pero les interesa más a los Taviani cómo interpretan a Shakespeare en las diversas localizaciones de la prisión. Hay una frase de un preso-actor con la que ando en desacuerdo, “desde que he conocido el teatro -dice-, mi celda se ha convertido en una cárcel”. Es decir, ¿el arte exige libertad?, ¿el hombre fracasa o se pudre cuando se ve sometido a privaciones?, ¿toda decisión es inútil?

En la historia reciente hay cientos de casos que nos hablan de los contrario. Es en circunstancias durísimas cuando el arte se vuelve cómplice y el hombre amplía su estatura. Józef Czapski, poeta y oficial del ejército polaco, sobrevivió a las matanzas de Katyn, pero fue deportado a un campo de prisioneros en la URSS. Allí, a 45º bajo cero, cada preso dio lo mejor de sí mismo sirviéndose de una sucesión de conferencias para mantener el espíritu humano intacto, a pesar de su privación de libertad. Uno habló de la espiritualidad cristiana, otro de historia, otro interpretó monólogos de grandes tragedias. Czapski dio un sobrecogedor recital sobre la obra de Marcel Proust y, sin posibilidad de consultar sus obras, apenas cometió fallos.

Jean-Amery_jpg_573x380_crop_q85El escritor Jean Améry, que se suicidó tras sobrevivir a Auschwitz, escribió sobre cómo un sacerdote católico mostraba su fe a presos como él y elevaba su ánimo hasta cotas que en libertad hubieran desconocido.

El caso más conocido, y quizá más necesario de leer, es el de Nicolae Steinhardt, escritor rumano de la generación de entreguerras junto a Cioran, Mircea Eliade o Ionesco.

steinhardtEn 1960 fue condenado por contrarrevolucionario, por haber participado en diferentes cenáculos literarios. Steinhardt escribió, “desde el primer día me doy cuenta de que en la celda hay una sed enorme de poesía. Memorizar poesía es la diversión más placentera y continua de la vida en la celda. Quien sabe de memoria muchos poemas es un hombre fuerte en la cárcel , suyas son las horas que pasan inadvertidas y dignamente, suyo es el hall del hotel Waldorf-Astoria, suyo es el café Flore“. En este lugar siniestro hasta la irrealidad, llega a decir, “iba a vivir los días más felices de toda mi vida. Qué feliz pude ser en la celda 34“. Allí descubrió que el milagro forma parte de la vida real, “un milagro es también la manera que nos portamos unos con otros, esforzándonos en ayudarnos, en hablarnos con delicadeza“. Es decir, allí reconsideró la noción de imposibilidad. Y en un acto privado, y sobre el frío suelo de la celda, se bautiza cristiano ortodoxo. Luego se hará monje, pero esa es otra historia, porque la felicidad ya le despuntó en medio del dolor y la privación de libertad.

Javier Alonso Sandoica

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