Viernes, 23 Junio, 2017

Del ¡Más madera! al filo que separa solidaridad y egoísmo


 Es posible que alguien me tache de demagógica o, al menos, de simplista, pero llevo ya varios meses en los que, cada vez que una protesta, una huelga o una manifestación copa aperturas de telediarios y portadas de periódicos, me viene a la cabeza esa simpática y estresante escena en la que los hermanos Marx iban consumiendo el tren en el que viajaban para alimentar a la insaciable máquina de vapor sin darse cuenta de que si se comían todo el tren, no había máquina que valiera.

Esto de las analogías es de una sorprendente nitidez porque no se puede expresar con más claridad la paradoja en la que nos encontramos. Alimentar la caldera que produce el vapor para que funcione el Estado del bienestar, para que la solidaridad entre los que tienen mucho y los que tienen poco sea patente por la vía de los servicios sociales, está provocando que el tren en su conjunto tenga cada vez menos estructura y su endeble traqueteo apunte a un inminente desmoronamiento en la próxima curva peligrosa.

Solidaridad es lo que se lograba después de que las voraces fauces de la máquina gubernamental -nacional, autonómica o local, porque en la analogía es muy sutil la diferencia- se tragasen sin pudor el esfuerzo económico de miles de ciudadanos. Pero hoy, las arcas públicas andan tan desiertas que más vale que ardan ellas vacías, porque no se sabe cuánto tardarán en rellenarse, ahora que el paro roza ya los 5 millones.

La solidaridad es indiscutible, tan imprescindible como la justicia que la precede y la caridad que debe marcar la relación entre los hombres porque es la que marca la relación de Dios con sus criaturas. Necesitamos la solidaridad y no solo la limosna, en estos tiempos más que en ningunos. Por eso están justificadas en parte las protestas.

Pero en medio de las legítimas quejas hacen más ruido las de los descerebrados muy poco cómicos que andan gritando “¡Más madera!” sin caer en la cuenta de que ya casi no queda tren para quemar. Son esos los que la mayoría de las veces no gritan por la solidaridad del que tiene con el que lo necesita, sino por el egoísmo -más o menos desesperado- del que o bien lo necesita o, peor aún, no lo necesita y se ha acostumbrado a recibirlo.

De un lado, la solidaridad es indispensable virtud para la convivencia. Pero del otro lado, se puede convertir en el egoísmo sin sentido del que quema sus vagones en la hoguera de la máquina de vapor para ir más rápido sin darse cuenta de que ya casi no queda tren en el que viajar.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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