viernes, 20 octubre, 2017

Chick Corea contra el multiculturalismo sin proponérselo


Leo que Graciela Speranza en su nuevo ensayo, Atlas portátil de América Latina (Anagrama), busca respuestas en las obras de artistas y escritores de la otra orilla. La han entrevistado recientemente en Andalucía Crítica y ha dicho que no le gusta “ese multiculturalismo condescendiente que exalta la diversidad de “lo latino“, que busca en el arte fetiches coleccionables para poblar los nuevos parques temáticos de la cultura globalizada“. El multiculturalismo es en el fondo una especie de profesora segregacionista que pone a los niños negros a un lado y a los niños blancos a otro. Es, a lo burro, una teoría muy gárrula. Como pensamos que los musulmanes son muy raros, y peligrosamente diferentes, les dejamos operar en Occidente, pero eso sí, que se queden en sus barrios. Con nosotros de vecinos, pero en sus barrios.

Recientemente he vivido una experiencia rotunda de integración, una especie de muestra visual de que una teoría inclusiva es más humana que la que nos sitúa en carriles paralelos. Chick Corea estuvo el pasado domingo en el Auditorio de Madrid con su trío: el impecable Brian Blade a la batería y Christian McBride al bajo. Pero de repente, después de seis temazos sobresalientes, nos sorprendió a todos llamando al escenario a dos de nuestros músicos con más proyección en el panorama de la improvisación: Jorge Pardo y Niño Josele. Vamos por partes. A Corea siempre le ha gustado España, dos de sus estándares más conocidos suenan a castañuela, pero su formación es genuinamente norteamericana. McBride también lleva grabado el God bless America en su fraseo, y en cambio Brian Blade es muy latino en la rítmica. La guitarra de Niño Josele es tan flamenca que lleva vuelos de traje de lunares, y la flauta de Jorge Pardo cruza la Quinta Avenida y entra de repente en el barrio de Triana.

No me gusta el término fusión, porque simplemente no es real lo que de sí mismo cuenta. En el escenario del Auditorio no se fundían varios estilos en uno, no menguaban ni se reducían a una nueva realidad. Lo que ocurría era un respeto por la estructura del jazz, una vinculación a un principio natural básico. Por eso los asistentes disfrutamos tanto. La textura flamenca y las veleidades latinas de Blade se adaptaron a la gramática del jazz. Chick Corea consiguió acercar a todos a un mismo centro, a pesar de los diferentes colores que iban trazándose.

Quizá sea la mejor manera de comprender integración versus multiculturalismo, porque éste convierte en concierto de sordos a solistas sin un mismo arraigo.

Javier Alonso Sandoica

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