martes, 17 octubre, 2017

La esperanza es lo primero que se pierde (I)

La esperanza es lo primero que se pierde (I)

Creo que la esperanza es, además de una virtud, una impronta humana en la que se han afanado movimientos de diverso cuño para vestirla con disfraces diferentes porque arrancarla de cuajo, sin dejar nada en su hueco, es muy difícil. Los humanos llevamos la esperanza en los genes.

La esperanza es lo primero que se pierde (I)




La esperanza es un sustantivo polisémico. Hace referencia tanto al esperar a que algo suceda, como a la confianza que ponemos en que eso ocurra, a nuestro empeño también en ello


No esperar es la cosa más terrible que le puede suceder a alguien. La pérdida de la esperanza suele empezar, me parece, con la desilusión que produce verse metiendo la pata una y otra vez en cosas muy serias, fracasar, no llegar a donde queremos. También con la decepción de amigos, familiares, colegas o, si me apuran, de la humanidad entera o por partes, depende. Uno empieza por no esperar poco o nada de los demás, o por no esperar nada de uno mismo, darse por vencido en lo que sea. Son a menudo combinaciones sobre un mismo tema.

Supongo que habrá otras noticias de la semana. Pero para mí, la de ésta, es la esperanza que supone cada año el Adviento. Estos últimos meses, ya años, no hacemos más que hablar de la crisis. Posiblemente no sea peor que muchas otras. Quizás sea hasta mínima o ligera si la comparamos histórica o hasta geográficamente. Sólo hace falta leer, viajar o ver un telediario que no hable de fútbol únicamente.

El tema quizás es que esta larga crisis económica se ha larvado sobre otra mucho más profunda, la cultural, en la que gran parte de Occidente se hundía mientras la economía, decían, “iba bien”. Pocos en esos momentos llamaron la atención sobre esa deriva que daba como resultado una sociedad donde primaba el dinero, el relativismo y la superficialidad más absoluta como última meta. Las revistas femeninas nos dan una idea al respecto.

En la base de todo ello se alzaba la idea del ser humano cuya mayor aspiración era la felicidad entendida como bienestar material y la cultura como mero entretenimiento, etc. Sustituimos así el sentido original de la esperanza por el pienso, cualquier tipo de pienso. Pienso de alimento para animales, espero que se entienda. Pienso = apariencia, tener, éxito, etc.

En esa zapa cultural, que tan bien han realizado materialismos de diverso cuño, lo primero que te quitaban de en medio era la esperanza. Y lo hacían, lo hacen o lo hacemos, a base de taparla con sucedáneos. Lo explicaré como buenamente pueda.

La esperanza es un sustantivo polisémico. Hace referencia tanto al esperar a que algo suceda, como a la confianza que ponemos en que eso ocurra, a nuestro empeño también en ello. To wait for, to hope y to expect en inglés hacen referencia a esa variedad de significados.

Esperar es lo contrario al ser pasivo contra lo que parece. Es afín, en cambio, a la paciencia. Habla la esperanza de quien no sólo mira cerca, sino también de lejos, en su biografía y en las de los demás, en el país y hasta en la humanidad entera. Y deja el juicio final, personal y colectivo, en manos de aquel que puede verlo todo, con perspectiva y por dentro.

Creo que la esperanza es, además de una virtud, una impronta humana en la que se han afanado movimientos de diverso cuño para vestirla con disfraces diferentes porque arrancarla de cuajo, sin dejar nada en su hueco, es muy difícil. Los humanos llevamos la esperanza en los genes.

No esperar es la cosa más terrible que le puede suceder a alguien. La pérdida de la esperanza suele empezar, me parece, con la desilusión que produce verse metiendo la pata una y otra vez en cosas muy serias, fracasar, no llegar a donde queremos. También con la decepción de amigos, familiares, colegas o, si me apuran, de la humanidad entera o por partes, depende.

Uno empieza por no esperar poco o nada de los demás, o por no esperar nada de uno mismo, darse por vencido en lo que sea. Son a menudo combinaciones sobre un mismo tema.

Deriva así lo que podría ser el reconocimiento de las miserias propias y ajenas en una tristeza profunda que se instala muy dentro. Esto puede darse en la adolescencia, se vuelve a dar en la madurez, en la vejez, etc.

Esta tristeza se viste a veces de un carpe diem superficial por un tema de supervivencia, los seres humanos no estamos hechos para permanecer en la tristeza. O, por el contrario, nos podemos hacer considerablemente pelmas, “aguafiestas”, “cenizos” los llamábamos en mi casa. Depende de la edad y del momento.

Seguiré la semana que viene porque la esperanza para mí es noticia, tan rara es a veces.

Aurora Pimentel

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