martes, 19 septiembre, 2017

Y resulta que el trabajo era un don y el sueldo, justicia


De lo malo es Dios capaz de sacar lo bueno. De la crisis, de la desesperación del desempleo, del miedo atroz que está atenazando a miles de familias donde los ingresos caen cada vez mientras que los gastos se quedan, está surgiendo una reflexión que, sin tener su origen en las revelaciones del Génesis, se ha acercado sorprendentemente a una concepción perdida durante siglos: la de que el trabajo es tan regalo del Creador como la naturaleza que sacó de la nada para que el hombre las sometiera.

Durante siglos, una interpretación errónea de la idea de que estaba más cerca de Dios el que sustituía trabajo por oración, sumada a una herencia grecoromana donde el trabajo quedaba reservado para aquellos que lo necesitaban para vivir, acabó fraguando en la cultura del catolicismo que no supo responder de forma acertada al porqué del bien que esconde el trabajo.

Ha tenido que venir la crisis a recordar lo que ya estaba dicho en la Biblia y explicado, por activa y por pasiva, en el amplísimo magisterio de la Iglesia que arranca precismanete su andadura doctrinal con una encíclica, la Rerum Novarum, en la que el trabajo es el verdadero protagonista.

Han sido las apreturas económicas las que han puesto sobre el tapete de la conciencia social el hecho de que “el trabajo pertenece a la condición originaira del hombre y precede a su caída; no es por ello ni un castigo ni una maldición”. Al contrario, Dios nos creó para trabajar. Y fue el pecado de Adán y Eva, el que cada uno de nosotros habría podido cometer, el que añadió la sangre y el sudor de la frente.

Ahora bien, toda vez que hemos descubierto que fue el hombre creado para trabajar y que en nuestra naturaleza está escrito que así lo hagamos, llegamos a la parte en la que la crisis ha llevado a saltarse sin reparos esos elementos que confieren su plena humanidad al trabajo: un trabajo digno merece una digna remuneración y “comete una grave injusticia quien niega [el salario justo] o no lo da a su debido tiempo y en la justa proporción al trabajo realizado”.

Pero son tantos los casos que conocemos en los que, bajo la excusa de la recesión y con la amenaza del frío que hace en la cola del paro, las empresas subestiman el mayor de sus beienes, la persona, que merece la pena recordar que no hay capital económico, por inmenso que sea, que consiga producir si el hombre no está detrás. Solo cuando todos los actores de este gran marasmo que es la economía caigan en la cuente de que el trabajo es un don y el sueldo es de justicia, la salida de la crisis se construirá sobre cimientos firmes.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

Comentarios

  1. purificacion garcia dice:

    La reflexión debe ser universal. No se puede sacar a Dios de la sociedad, de la propia vida y de nuestro corazón y cometer el nefasto error que todo va a continuar funcionando felizmente.
    Sé que hay empresarios que practican injusticia sobre sus trabajadores, tambien conozco trabajadores que cometen injusticia en sus empresas e incluso algunos dicen: hoy no he rendido nada. Y lo más descriptivo es sé de algún trabajador nada cumplidor en su empresa que el devenir le hizo empresario y, ahora que lo es, no le da un respiro al trabajador.
    El error no es sino del componente de la sociedad, el individuo, y dado que la sociedad es la extensión del individuo ¿ qué podemos esperar? y las naciones y el mundo son sociedades extensas y, así nos va.
    No hay que buscar ni el error ni la solución en los otros, ni en los gobernantes ni en nuestro vecinos, ni en nuestros hermanos; hay que buscar el error dentro de cada uno de nosotros y cada cual lleve allí la verdad y así, el primero, desaparecerá.
    Parecemos párvulos:……………Seño yo no he sido ha sido él….
    Pués bien hemos de beber cada día un vaso de valentía y decir, cada cual, : HE SIDO YO Y YO VOY A PONER SOLUCIÓN.

    Purificación García.

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