miércoles, 22 noviembre, 2017

Fundido a gris


"Los asistentes al acto electoral de ayer de CiU siguen por las pantallas la intervención de su candidato, Artur Mas. / EFE"

Los asistentes al acto electoral de ayer de CiU siguen por las pantallas la intervención de su candidato, Artur Mas. / EFE

 

Una se acerca a las urnas con sus trenzas y el plumier el día de su primera votación convencida de que por fin descansa en sus manos el destino de la patria, tembloroso como un pollito recién rescatado: “tranquila, patria, que por fin me han dejado venir a por ti”.

La segunda votación se parece a dejar de fumar de nuevo: preferimos celebraciones de perfil bajo, no contárselo a tantos amigos, esperar algún mes antes de romper los ceniceros. Puede que funcione esta vez, nada lo impide, pero la decepción va cogiendo sitio para luego no andar con prisas.

La tercera votación, por último, provoca idéntica sensación que ir a ver el remake de la película que marcó nuestros sueños adolescentes. Calculen ustedes las posibilidades de salir airosos y entenderán la amargura de quien se pregunta sólo de qué forma odiará el resultado.

Quizás es mi generación, que no ha tenido a mano siquiera un cambio de régimen, una larga dictadura a modo de antagonista eterna, pero ¿votar era esto? ¿Elegir al menos feo de la fiesta?

Quizás es mi generación, que no ha tenido a mano siquiera un cambio de régimen, una larga dictadura a modo de antagonista eterna, pero ¿votar era esto? ¿Elegir al menos feo de la fiesta?

Me perdonarán la falta de revolución aun pudiendo usar todavía un carnet joven, pero yo creo que sí nos representan. No se trata de la democracia, pues, no pongo en duda el sistema. Simplemente deseo ser gobernada por hombres a los que quiera parecerse mi hijo al crecer. O por mujeres a las que envidiar con todas las fuerzas de la democracia por ser inteligentes, arrolladoras y razonables. Tener líderes, ciudadanos ejemplares a los que seguir, héroes, maestros o incluso meros hombres extraordinarios. Y votarlos, poder votar a dos manos y salir a celebrarlo por el barrio.

¿Dónde estáis, Obamas españoles? ¿Dónde acampan los nuevos talentos patrios? ¿Se habrá salvado algún zoon politikon en el España Shore al que hemos mutado?

Que la política es compromiso, que los ideales son flexibles, que el sistema es a veces corrupto, lo sé. Pero debe de existir algo mejor que una sucesión de versiones light adaptadas a sus nichos de mercado: uno dice libertad, el otro derechos, ajustando el perfil a golpe de encuesta hasta desaparecer en su propia fotocopia.

De entre la muchedumbre que asiste – sin pasión alguna – a este espectáculo, álcese quien prefiera no mandar en demasía, quien entienda que ser útil cansa y da pocas alegrías, quien esté convencido de tener algo valioso que decirme. Estoy segura, si me estás leyendo, de que hay muchos que te esperan.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Los obamas españoles son los que están en las listas españolas. Que no os engañen: Obama es lo más parecido a político europeo que dan en América.

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