viernes, 20 octubre, 2017

El Muro


Murió mi eternidad y estoy velándola.

César Vallejo

Hans Werner Henze

Hans Werner Henze

Con muy pocas fechas de diferencia han fallecido dos músicos importantísimos: el alemán Hans Werner Henze, a la edad de ochenta y seis años, y el norteamericano Elliott Carter, a un mes de cumplir los ciento cuatro, una edad absolutamente insólita, en especial cuando se ha llegado a ella en plenitud de facultades creativas: Carter tenía intención de estrenar en febrero de 2013 su última obra, ‘Instances’, compuesta en este mismo año que ahora termina. Cada vez que muere un creador, muere un intérprete, y se tiene la impresión de que se ha hecho menos transparente una de las ventanas tras las que se encuentra una versión original de lo que nos ofrece el mundo.

A veces estas ventanas son enormes y permiten disfrutar del paraíso sin más que asomarse a ellas, otras apenas son sólo una diminuta mirilla por la que apenas conseguimos ver otra cosa que no sea el infierno, otras están a muchos metros de altura y mirar al otro lado exige el esfuerzo de trepar durante toda una vida, en ocasiones lo que a primera vista parece ser el paraíso se deposita en nosotros y resulta ser aterradoramente rugoso o incómodo, como si el hecho de haber visto instaurase en la memoria un perpetuo remordimiento que ningún olvido conseguirá nunca limpiar.

“La música que merece la pena siempre nos hace comprender algo.”

Conforme pasa el tiempo algunas de estas ventanas se obstruyen o bien se cierran, algunas sin embargo se ensanchan y a través de ellas entran raudales de luz que es imposible no mirar para los que tenemos la mirada infinita y residimos a este lado de la realidad. Podríamos vivir como si estas penínsulas incandescidas de luz no significaran nada, pero en tal caso durante la noche, cuando el espíritu gobierna en nosotros, sería forzoso asomarse a la otra parte a causa de la fascinación que ejerce el país donde habitan las cosas.

Elliot Carter

Elliot Carter

Martin Fisher es un amigo mío al que he conocido recientemente. La única vez que he estado en su casa interpretó al piano la pieza que John Musto escribió con motivo del fallecimiento de su padre. Se trata de una composición inesperadamente alegre con una rendija dentro a través de la cual no se advierte tristeza ni desesperación, sino una hermosísima y profunda consciencia de las consecuencias íntimas y últimas de un hecho esencial. La música que merece la pena siempre nos hace comprender algo.

Hoy me ha llegado un correo de mi amigo Martin que me informa de la existencia de siete nuevas ventanas en mi pequeño mundo. Hace tiempo que sé a lo lejos de su existencia, pero es ahora cuando voy definitivamente a asomarme a su claridad. Se trata de sendas conferencias dedicadas al uso que se da a diversas músicas del mundo que la profesora sudafricana Carol Muller imparte a través de internet desde la Universidad de Pennsylvania: La música de los pastores rusos de Tanna Tuva, capaces de emitir dos sonidos diferentes con su garganta; huellas de la música pigmea en la música popular del hemisferio norte; fusión de música rock y música aborigen de Australia como herramienta política; la música de los Kalahari y los Koishan, posiblemente las comunidades humanas más antiguas.

No puedo saber el tiempo que estas ventanas van a permanecer abiertas para todos los que vivimos a este lado del muro, pero tengo la sospecha de que pronto algo va a hacerse más grande y más limpio dentro de mi cabeza si escucho estas conferencias. ¿Y qué es lo que hay al otro lado de estas ventanas? La realidad bajo la especie de la eternidad. Es cierto que tenemos los ojos, pero para ver a fondo las cosas, para entender el ser en toda su prístina dimensión, necesitamos ayuda. Y eso es lo que hemos perdido con los fallecimientos de Carter y Henze, dos maestros que han enseñado tanto a escuchar el ser.

 Álvaro Fierro Clavero

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