viernes, 20 octubre, 2017

Catalanes en España: la construcción de un relato.

Catalanes en España: la construcción de un relato.

La casta política en las autonomías es todavía más palpable porque quienes han gobernado por muchos años a nivel autonómico acaban por conformar una clase que esgrime lo local como un modo de perpetuarse en el cargo, sean nacionalistas o no

Catalanes en España: la construcción de un relato.




Qué ha podido pasar en España y en Cataluña para estar ahora como estamos? Quizás el primer dato es la retirada de la sociedad civil de la arena pública dejándosela a los partidos políticos, la cesión de un espacio que nos les correspondía por comodidad


Hay una suerte de cursilería rupestre –que diría Boadella- donde prima lo aldeano y se construye un relato, una ficción, un modo de explicar la realidad lleno de agravios para hacer palanca en lo que realmente interesa: no dejar el cargo. Como niños, los que debíamos ser ciudadanos, votamos y apoyamos a los que nos dicen que las culpas vienen siempre de fuera, que “los otros” son siempre los malos, sea Ángela Merkel, Madrid o los mercados… La situación en la que nos encontramos es resultado pues no sólo de la casta política, sino de no haber madurado y ser una sociedad infantil y manipulable, sentimental, que vive mejor en el engaño, una suerte de Matrix.

Escribir la noticia de la semana… una semana casi antes no deja de tener sus riesgos. Pero sé que los catalanes y Cataluña serán la noticia pase lo que pase en las elecciones el domingo 25 de noviembre. Y adelantarse, que no profetizar, tiene su encanto. Yo espero un milagro o algo más cercano: sentido común. Ese que los catalanes –se decía- tenían a raudales.

Catalanes, personas, no territorios. Son las personas las que votan, primera precisión importante. Son ellas las que tienen derechos y los ejercen, ciudadanos. Algo que ha olvidado el nacionalismo. Sólo una muestra de la conquista del lenguaje, que es la primera batalla.

Desde los años 70, cuando los españoles y sus representantes tuvimos una transición calificada de ejemplar, hasta hoy, han pasado muchos años. La deriva ha sido evidente, y los que antes simplemente eran los políticos, no una clase aparte, ahora los llamamos “casta”. Y no sin razón: son una clase aparte e intocable. Esta casta en las autonomías es todavía más palpable porque, más allá de los partidos nacionalistas,  quienes han gobernado por muchos años sea en Valencia –pongo por caso- como en cualquier otra parte acaban por conformar una clase que esgrime lo local como un modo de perpetuarse en el cargo. De eso se ha alimentado el nacionalismo, pero también se alimentan otros partidos a nivel autonómico, por mucho que sean partidos nacionales, que han acabado cayendo en una suerte de cursilería rupestre –que diría Boadella- donde prima lo aldeano. Se construye un relato, una ficción, vamos,  un modo de explicar la realidad lleno de agravios para hacer palanca en lo que realmente interesa: no dejar el cargo. Y como niños, los que debíamos ser ciudadanos, votamos y apoyamos a los que nos dicen que las culpas vienen siempre de fuera, que “los otros” son siempre los malos, sea Ángela Merkel, Madrid o los mercados…

No eran excepcionales las personas que hicieron la transición. Eran en muchos casos –con perdón- bastante mediocres como políticos. Y lo eran, vaya esto en su descargo, entre otras cosas porque no teníamos tradición democrática ni se había hecho política (en el mejor sentido del término “política”, no como se aplica ahora) en España en los últimos 40 años. Pero eran también, así lo creo, aquellos políticos mucho más honrados que los que hoy gobiernan a nivel nacional y autonómico. Habría y hay excepciones, pero por goleada eran mejores como personas.

Venían los políticos además de otros lares. Habían trabajado antes, su carrera no era la política. Llegaban además la mayoría con ilusiones y con ganas. Había otro contexto más honrado entre los políticos porque también lo había en la calle, a qué vamos a negarlo. Todos los españoles veníamos de un mundo donde todavía, por poner un ejemplo tonto, heredábamos la ropa de nuestros mayores y donde se habían pasado necesidades, algo que marca. No estábamos nadie para tonterías, podríamos ser jóvenes pero no infantiles. Por eso, si somos medianamente justos, y no nos creemos el discurso oficial que rinde pleitesía a “la clase política” –la de hoy o la de antes-,  sabemos bien que fue precisamente la existencia de una clase media consolidada, muy diversa ideológicamente hablando, pero con un sustrato común de valores –esfuerzo, sobriedad, ilusión- la que hizo posible el milagro de aquella transición con muchos fallos pero ejemplar en líneas generales.

¿Y qué tendrá esto que ver con los catalanes y las elecciones? Todo. Cataluña era, como es España y, precisamente, porque no toda España era igual, un ejemplo claro de una clase media muy diversa, muy amalgamada en ideas políticas y en modos. Es decir, concurrían en esa clase media esos muchos hijos de emigrantes llegados a Cataluña de Extremadura, Andalucía, Castilla o Murcia, y que a base de trabajo habían contribuido a la prosperidad, la suya, la del país, también, por supuesto, la catalana. Ese nivel económico –con todos sus fallos- de la población hizo también posible la democracia. Junto a esos muchos hijos de obreros industriales, otros profesionales liberales, comerciantes, agricultores, una inmensa y muy consolidada clase media catalana y española con un sentido común aplastante. Y más también, no está de más recordarlo: había intelectuales, que los llamábamos así, que se mojaban. Bastante más que los de hoy, que lo hacen a menudo mal y tarde.

¿Qué ha podido pasar en España y en Cataluña para estar ahora como estamos? Quizás el primer dato es la retirada de la sociedad civil de la arena pública dejándosela a los partidos políticos, la cesión de un espacio que nos les correspondía por comodidad, por nuestra ingenuidad, por muchas razones. Si a esto sumamos una falta de reconocimiento de responsabilidades personales, vivir cómodamente mientras había dinero en las arcas, la falta de emprendimiento,  de ideales más allá de la cuenta corriente o el vivir mejor –que es algo fantástico, pero no lo único que puede movernos como personas-, la deriva de la educación que da como resultado la facilidad de manipulación de los ciudadanos, es explicable que estemos donde estamos.

La felicidad personal es una aspiración loable, pero no puede hacer ciudadanos. La democracia como todo lo que cuesta nunca es gratis, y eso no se ha entendido en España. La situación en la que nos encontramos es resultado pues no sólo de la casta, sino de no haber madurado y ser una sociedad infantil y manipulable, donde prima lo sentimental, que vive mejor en el engaño, una suerte de Matrix. La crisis económica y la amenaza de secesión de Cataluña se deberán a otras muchas causas, pero, para mí, es la infantilidad de la sociedad española la que lo ha propiciado.

Aurora Pimentel

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