martes, 17 octubre, 2017

Ha muerto Bernard Lansky, ¿quién?


Ayer nos enteramos que la semana pasada murió Bernard Lansky. Al ser la primera vez que oyes su nombre, que lo sé, su defunción te pilla desprevenido y te emociona menos que la del mosquito con el que la araña juguetea mortalmente. La ausencia de sensibilidad por lo desconocido no es despreciable, todos comprendemos ese desapego.

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Los redactores de obituarios intuyo que son gente rara. Alden Whitman fue redactor para el New York Times en los 60. Fue un periodista sin apellido visible, ya que la normativa del diario negaba que los autores de necrológicas firmaran sus artículos. Por tanto, el pobre Walden era un fantasma con pluma, un inadvertido. Gay Talese le reservó una crónica inmejorable en un artículo:

“Cuando Withman va a un concierto, como es su costumbre, no puede resistir el impulso de mirar alrededor de la sala y observar a los distinguidos miembros de la concurrencia que en las próximas fechas pudieran despertar su curiosidad. Hace poco notó en el Carnegie Hall, que uno de los espectadores sentados más adelante era Arthur Rubinstein. Withman levantó rápidamente los gemelos y enfocó el rostro hacia Rubinstein, fijándose en la expresión de sus ojos y de su boca, en su suave pelo gris y, cuando se pudo de pie en el intermedio, en lo sorprendente bajo que era. Whitman tomó nota de esos detalles, consciente de que algún día ayudarían a darle vida a su trabajo”.

Magnífico, Withman era un periodista que hacía bien su trabajo y veía, en los ancianos y enfermos, potenciales protagonistas de sus historias.

Vamos con Lansky. El padre de Bernard y Guy Lansky, dio a sus hijos 125 dólares en 1946 para que abrieran una tienda de ropa en Fort Knox (Kentucky). Como el establecimiento estaba situado en pleno corazón del jazz y el blues de Memphis, los Lansky empezaron a vestir a los cantantes de la época.

El estilista recordará en una entrevista a The New York Times cómo el joven Elvis solía pararse todas las tardes, al salir del teatro donde trabajaba como acomodador, frente al escaparate de su tienda para admirar su ropa. “Un día, cuando sea rico, compraré tu tienda”, le dijo el cantante la primera vez que se decidió a entrar en el establecimiento. A lo que su propietario le contestó: “Antes que comprarme a mí, compra mi ropa”. Y pasó. Fue el responsable del estilismo y la indumentaria de Roy Orbison, B. B. King y, sobre todo, Elvis Presley. Lansky se preciaba en decir “yo le puse a Elvis su primer traje y también el último“.

La prensa de obituarios no puede regalarnos una personalidad completa del difunto. Spielberg lleva años rodando kilómetros de cinta cinematográfica con los supervivientes de Auschwitz, pero ni así conseguirá darnos una visión cumplida de cada uno de ellos. Nadie alcanza tanta información sobre la biografía del hombre, ni un esposo, ni una madre. Un obituario es un guijarro de montaña. La vida del hombre se recorta sobre un misterio que nadie alcanza con los dedos.

Javier Alonso Sandoica

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